jueves, 25 de julio de 2013

Al mando de mi propia destrucción. Capítulo 1.

Yo, una chica más, en un mundo en el que cualquier ser humano parece ser despreciable si así lo declara esta injusta realidad, acompañada de esta amarga y horrible sociedad. ¿Quién querría estar con alguien como yo? ¿Quién querría pasar un solo puto momento conmigo? ¿Quién desearía tener a una amiga, una novia, una hija o una hermana como yo? Nadie.
¿Sabes ese momento en que crees que tu existencia es invisible incluso para ti misma? Te miras al espejo y te ves realmente invisible, repleta de sensaciones aterradoras, de odio, de rencor hacia ti misma. Sientes que cada parte de tu cuerpo esconde miles de sentimientos y emociones que desearías sacar a la luz, hacer desaparecer, deshacerte de ellas, sacarlas de tu interior, quemarlas, romperlas, simplemente eliminarlas. Pero no puedes. Todo se queda en el intento. Quieres acabar con todo. Contigo, con tu vida, con tu dolor, con tu sufrimiento, con ese odio, con esos demonios, con esas voces, con todo lo que está en tu cabeza. Con los sentimientos que siente tu corazón, desearías no tenerlo, ser de hielo, de piedra, vivir sin corazón, sin dolor, sin sufrir, sin lamentar, sin odiar, sin querer, sin decepciones, mentiras, engaños, sin nada que pueda arrebatarte tu propia dignidad, tus ganas de vivir, tus fuerzas, tus esperanzas, tu ilusión, tu corazón.
Sientes que cada minuto que pasa es una tortura más, que nada volverá a ser lo mismo, que todo es oscuro, que todo es una tortura más, nada más y nada menos que el mismísimo infierno. Sientes que nadie te entiende. Sientes que nadie te comprende. Que nadie es capaz de entender lo que se esconde en tu interior, tras tu sonrisa, tras tu risa, tras tus carcajadas, tras tu alegría, tras tus ánimos de ayudar a cualquiera antes que a ti. Nadie sabe qué es esto hasta que lo vive, pero cualquiera sabrá preocuparse por alguien que no merece derramar ni una sola puta lágrima, ni una sola puta gota de sangre.
Quizá este sea nuestro destino, quién sabe, o por otro lado, quizá esta sea nuestra elección.
Dicen que no podemos elegir de dónde venimos, pero que siempre podemos elegir hacia dónde queremos ir y quienes queremos ser. En realidad no sé quién soy. No me reconozco. Tal vez he sufrido demasiado, tal vez me destrozaron demasiado esas críticas, esos insultos, esas peleas, esos golpes, todo.
 Quizá fui demasiado débil como para enfrentarme a la vida. Quizá no supe dar lo mejor de mí. Quizá no sea nada para nadie. O quizá sí. Al fin y al cabo yo no decidí ser cómo soy por fuera, pero si algo sé, es que sí que decidí ser así por dentro. Yo, mi personalidad,  mi carácter, mi debilidad, mi timidez, mis miedos, mis torturas, mi aspecto, el espejo, la báscula, el dolor, el odio, el puto infierno en el que siento que vivo cada puta vez que me digno a mirarme al espejo. Cada puta vez que intento salir a la calle con ganas de hacerles creer que estoy bien, acabo hundida. La vida me ha golpeado demasiado fuerte. Quiero ponerme a prueba. Quiere retarme. Me ha quitado todo lo que pensé que podría conseguir, todo lo que pensé que tenía. Nunca tuve realmente nada de mi parte o a mi favor. ¿Quizá me lo merezca? O tal vez solo es que merezco algo mejor, pero debo luchar para conseguirlo, incluso a pesar de estar viviendo en el infierno en el que vivo.
Cada palabra, cada hecho, cada puta sensación de desprecio, de que no valgo ni una mierda, de que me merezco todo esto, de que ni soy ni seré nunca nada para nadie. Soy esa pieza invisible de mi familia, esa pieza que cualquiera desearía destrozar, destruir, manipular, o destruir. Nadie merece esto, excepto yo. Nadie merece mirarse al espejo y desear morirse ante aquella viva imagen de un ser que no logras reconocer, que no logras aceptar, que no logras querer, que no logras dejar de despreciar. No es fácil saber que si pudieras tú misma te destrozarías en mil pedazos. No es fácil saber que estás al mando de tu propia destrucción.

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