jueves, 25 de julio de 2013

Al mando de mi propia destrucción. Capítulo 5.

Sentía que era una puta molestia para todos. Ni siquiera los profesores se daban cuenta de lo que me pasaba. Aprovechaban las horas del recreo para atacarme, pegarme, insultarme e incluso empujarme o humillarme. Para ellos el simple puto hecho de que yo existiera, era un puto horror, una puta desgracia. En realidad cuando era pequeña nunca fingí estar feliz delante de ellos, solo fingí que no me importaba. Siempre fingía. Mi puta infancia se basaba en fingir día tras día algo irreal. Mi vida se basaba en hacerles creer a los demás que mi vida era una más. Pero en realidad, cada puto día, al llegar del colegio, corría al lavabo, incluso antes de comer. Luego volvía al comedor y solo me limitaba a ver la pantalla de la televisión mientras comía, aguantando mis inmensas lágrimas. Y cuando me preguntaban tenía miedo de hacer esa voz tan vulnerable que nos sale cuando lloramos y hacemos lo posible por no hacerlo. Al comer, que casi ni me molestaba en comer, muchas veces ni comía. Me iba a mi cuarto, cerraba la puerta, y me recordaba lo horrible que era. Realmente hay cosas que no se las deseo a nadie, y una de esas cosas, es tener la infancia que yo tuve. Mientras unos jugaban felices yo deseaba morirme. Cada día era peor, las críticas aumentaban, y mi dolor y mi odio también. Sentía que no podía hacer nada, ni siquiera defenderme, era una niña indefensa, que vivía en una mentira. Si me enfrentaba a ellos, las consecuencias podían ser demasiado peligrosas y perjudiciales. No quería hacerle daño a nadie, excepto a mí. Llegué a sentir que necesitaba hacerme daño, pero nunca me atreví ni siquiera a intentarlo. Era una puta niña, ni siquiera sabía qué era eso de auto-lesionarse, anorexia, etc o así. Si al menos en mi casa todo hubiera sido distinto, diferente... Cada puto día mi familia me demostraba aún más odio que cualquier niño/a o compañero/a del colegio o de clase. Lo peor de todo es que mi hermana mediana también iba a ese colegio, ella iba a sexto curso, y yo fui creciendo en mi pequeño y a la vez inmenso infierno. Mi padre me pegaba, pero no solo a mí, cada puto día discutía con mis padres. Pero sobretodo con él. No sé si alguna vez llegó a pegar a mi madre, pero pegaba cada noche a mi hermana mayor. Imaginar el puto infierno en el que vivía... Que una puta niña de menos de 9 años vea tal tortura es algo inhumano. Empecé a temer a mi padre, pero el amor y el aprecio que puedes llegar a sentir por alguien a veces es incluso más grande que tu dolor. Siempre veía cómo la pegaba de reojo o a escondidas, con un puto cinturón, o con sus propias manos... Cuando mis hermanos o mi hermana se enteraban de que les estaba viendo, aterrorizada y muerta de odio y de miedo, intentaba pedirles "piedad", que hicieran algo, pero todos hacían oídos sordos a mis palabras, a mis gritos. Me agarraban fuera para que no me metiera en medio. Y hacía que me soltaran a la fuerza y corría hacia mi cuarto, daba un portazo, y no dejaba que nadie entrara. Cuando dejaban de molestarme me escondía de tal manera que incluso si habrían la puerta, no me verían, ya que estaba escondida en el sitio en el que la puerta me tapaba y yo me estremecía para que no me vieran o me encontraran ahí. Incluso callaba mis lágrimas, cerrando los ojos tan fuere como podía y tapándome la boca para que no se escuchara ningún ruido. Entonces miraba por un hueco que me dejaba ver la puerta si se habían ido. Cuando lo habían hecho, solo sentía que quería estar en el lugar de mi hermana mayor, y sentir todo eso yo en vez de ella. Quería sentir ese dolor por ella. Lloraba de impotencia, de no poder ir ahí y sacarle de encima a mi padre que no dejaba de hacerle daño, tanto por fuera, como por dentro. Y todo por ser sincera. Años después, acabé siendo yo la que era amenazada por sus golpes y su alta agresividad y falta de control. Me enfrentaba a él, y le era sincera, no dejaba llevarme por mi miedo. Cuando me amenazaba, le soltaba algo gritando y me iba. Muchísimas veces acababa llorando, pero sentía que valía la pena que me amenazara solo para hacerle sentir un poco del dolor que nos hacía sentir a todos. Muchas veces me escondía, corría por todas partes, huyendo de él, e incluso llegaba a hacer esa risa nerviosa para que no te de un puto ataque en el corazón. Un día estuve a punto de llamar a la policía, pero si no lo hice a pesar de que llegara a marcar el número, fue porque tenía miedo de perderles, una parte de mi les odiaba a más no poder, pero una parte todavía más grande, les quería y apreciaba demasiado. No podía permitir que me alejaran de ellos. Y por eso opté por defenderme sin que nadie me defendiera. Incluso muchas veces llegué a defender a mis hermanas o a mi madre. Mis hermanos siempre han sido algo imbéciles, y todo por culpa de mi padre. Uno de mis hermanos, el mediano algunas veces llegó a pegarme, y mi hermana mediana también, aunque obviamente no hablamos de los mismos golpes. Hablamos de golpes de hermanos menos dolorosos. y si os soy sincera, yo nunca le temí hasta el punto de que dejara que me pegara sin poder hacer nada. Me defendía tanto como podía. O le pegaba yo también aunque él tuviera el doble de fuerza, o no dejaba que él lo hiciera. Obviamente algunas veces no pude hacer nada y acabé siendo golpeada. Pero para mí no era nada el dolor externo con el dolor interno que sentía. Mi vida era un infierno, y incluso mi familia y todas las personas que conocía se habían convertido en todo lo que siempre odié, en completos monstruos sin escrúpulos.

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