jueves, 25 de julio de 2013

Al mando de mi propia destrucción. Capítulo 2.

Ese momento en el que sientes que hagas lo que hagas va a estar mal, en el que sientes que cualquier esfuerzo va a ser en vano, en el que ni siquiera una estúpida canción, serie o libro favorito consigue hacerte sonreír. En el que te encuentras sola. Perdida. Como si realmente no pertenecieras a ese lugar, como si fueras una pieza que no encaja en ningún puzzle, que no encaja en ninguna parte. Ese dichoso momento en el que sientes ese vacío tan inmenso y a la vez tan profundo que te hace estremecer, que hace que sientas que ni siquiera el hecho de que un solo ser el en el mundo se preocupara por ti, haría que ese vacío desapareciese. Ese instante en el que te das cuenta de que eres una gota de agua en un mar de peces que tan solo piensan en devorar, comer, matar, respirar, mientras tú tan solo te limitas a observar. Eres una pieza sin control, sin lugar a duda eres ese alguien invisible para todos. Ese pedazo de tierra que no es capaz de llenar ni un solo hueco de aquello que todos deseamos, felicidad. Soy un grano de arena en un lugar lleno de montañas de arena, de logros, de felicidad, de propósitos, de metas, de sonrisas sinceras, de carcajadas reales, simplemente, soy ese alguien que no encaja en ninguna parte.
A veces llegas a un punto de tu vida en que ya no importa qué suceda, quién aparezca, quién te insulte, quién te critique, quién te golpee o quién te humille o te hunda. ¿Por qué? Es más sencillo de lo que parece. Porque tu vida seguirá siendo igual de mierda. Nadie acudirá a salvarte. Nadie te tenderá su mano, nadie te creerá, nadie intentará ayudarte, nadie intentará entenderte, nadie hará nada para salvarte de tu tortura, de tu infierno, de ti misma. Sientes que si te vieras con suficientes cojones, tú misma te harías desaparecer antes de alguien lo pudiera hacer por ti. Ojalá todo fuera distinto. Ojalá alguien me entendiera. Siento que ni siquiera mi propia sombra me pertenece. Que ni siquiera mi propio corazón se guía por lo que yo quiero o merezco, sino por lo que más detesto. Todo esto se basa en algo más que un simple conjunto de miles de problemas. Es algo más que todo eso. Esto no es ningún juego, ninguna guerra, es una batalla, una lucha contra mí misma. Pero nadie se para a entenderme. Se limitan a cree mi "estoy bien". Se limitan a creer mis sonrisas, mis carcajadas a lo loco cuando creo que por un momento lo olvido todo, pero luego vuelve. Cada noche, cada puto día deseo que este sea el último, que no haya más días, más tortura, más dolor, más sufrimiento. Esos recuerdos del pasado me han mantenido siempre en una burbuja de la que nadie quiso hacerme salir. Y cuando por fin lo consiguieron, este año volví a recaer. No es fácil ver cómo huyen de ti, cómo sientes que ni siquiera tus remotas y escasas cualidades le gustan a alguien. No es fácil ver cómo alguien a quien amas te desprecia, te maltrata. No es fácil recordar todos esos nombres, todas esas personas, todo ese dolor. Miras al reloj, y no ves el tiempo, tan solo ves números. Mi vida está llena de números. Mi felicidad se basa en unos putos números. Mis notas, la báscula, mi altura, mi peso, mis medidas, mis horrores, todo se mide con números. Detesto los números. No por el hecho de que ellos hayan sido gran parte de mi dolor, sino porque esos números me recuerdan cada puto día que soy alguien que no se reconoce. Todo esto se remonta en el pasado. Esto es algo más que un puto circo en el que experimentan con animales. Esto es más que un puto club de chistes para reírse de cualquiera. Esto es más que una simple tortura. Es más que un puto infierno. Es mi propia destrucción, mi veneno, mi adrenalina, mi debilidad, mi deseo, mi necesidad, ser alguien. No para ellos, sino para mí.

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