jueves, 25 de julio de 2013

Al mando de mi propia destrucción. Capítulo 4.

Siempre sentí que yo era el "bicho raro" para todos. Incluso para mi propia familia. En la escuela era como el "patito feo". No porque mi físico fuera el peor de todos, sino porque ellos hicieron que yo llegara a sentir y a creer que era todavía peor. Mientras ellos corrían felices, libres, alegres, sonrientes, yo les observaba sentada en los banquillos, y contemplando desde un lugar más lejos del que me encontraba, mi infierno el inmenso sueño que significaba para mí poder hacer y sentir lo mismo que ellos. Realmente admiraba que pudieran no preocuparse por nada en absoluto excepto por jugar, gritar, llorar o enfadarse y al segundo perdonarse. Yo nunca sabría qué era sentirse feliz y libre, estaba encarcelada en una prisión de dolor que no dejaba de arder en mi interior. Estuve durante años y años, sola, sin nadie. Sin el apoyo o la ayuda de una sola puta persona. Desde que empecé a tener uso de la razón, me empezaron a hacer bullying. Todos los días era la misma historia, la misma mentira, la misma tortura. Volvía a casa sin ganas de nada, siempre y en todo momento, como en la escuela, aguantando mis lágrimas, mi rencor y mi dolor hasta llegada la noche. Cuando mis hermanos o mis padres me preguntaban que qué tal me había ido en el colegio siempre les decía la misma mentira: "Muy bien." "Bien", etc. Nunca les decía la verdad. Unos días les hacía creer que me había ido todo genial, y otros me limitaba a asentir y a irme corriendo hasta mi habitación. Sentía que ni siquiera mi propia habitación era un refugio seguro para mí. Por desgracia, el único sitio en el que podía desahogarme siempre que lo necesitaba, era el cuarto de baño. Era entrar con prisas, poner el pestillo, caerme "muerta" al suelo apoyando mi espalda a la puerta y romper a llorar. Tan solo era una niña. Una puta niña. Nunca debí haber pasado por tantas mierdas. Sentía que cada día era como una droga que va matándote cada día más y más hasta el punto de cegarte y hacerte creer que tú eres el veneno, y sin darte cuenta de que tú misma también eres el antídoto. Al llegar del colegio lo único que podía hacer era intentar hacer lo posible para que mi mente retrocediera y para hacerme creer que nada de todo eso había ocurrido realmente. Realmente era como si estuviera muerta de verdad. No era una niña normal, tan solo era alguien que intentaba encajar en alguna parte, ni que fuera que un puto niño o niña deseará por un puto segundo jugar o hablar conmigo.

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