miércoles, 31 de julio de 2013

Sombras al anochecer.

¿Sabes ese momento en el que dudas de tu existencia? ¿En el que sientes que estás muerta a pesar de seguir respirando? Pues así me sentía. Era como si estuviera en un sueño, como si nada de todo eso estuviera ocurriendo, me encontraba asomada al balcón, en busca de algo nuevo que captar con mi cámara de fotos, de algo que recordar, de algo que temer, o quizá, de algo por descubrir. Era de noche, algo que me encantaba, la fría brisa del anochecer, las cálidas y reconfortantes luces de los faroles de la calle, las estrellas al mirar al cielo, ese fuerte y a la vez potente azul marino que recorría todo el cielo y recubría incluso el temor, el peligro y el miedo de la oscura y fría noche. Me sentía como al borde de un precipicio, contemplando el horror, el miedo, el peligro desde mi balcón, contemplando algo que estaba más cerca de lo que yo quise creer. Capturé con mi cámara tantas fotografías como pude de aquel hermoso y a la vez siniestro paisaje. Es curioso cómo a veces el miedo nos paraliza, y en cambio, cuando estamos en peligro, es nuestra única arma para ser más fuertes, para ser valientes, para afrontar lo que venga sin importar lo que sea. Sin saberlo, esa noche sería algo más especial que todas las demás, saborearía algo irrepetible, algo devastador, pero ni siquiera yo era consciente de ello. Me dispuse a bajar a la calle, a pesar de que fuera de noche, era algo que me gustaba hacer de vez en cuando para contemplar de más cerca esas magníficas vistas. Quise creer que era temprano, pero en realidad ya era pasada medianoche. Mientras bajaba de mi bloque, me dispuse a recorrer mi mente de pensamientos que muchas veces perturbaron mi sueño o hasta me hicieron dudar ante preguntas de la gente. Siempre dicen que el 13 es un número de la mala suerte, pero nunca acabo de entender por qué, es como si por un número de cosas mal hechas, otras mismas buenas dejaran de ocurrirte por tu mala bondad y por tu escasa capacidad de hacer el bien antes que el mal. De golpe me dí cuenta de que había recorrido bastante camino, había dejado mi casa bastante lejos de ahí, me encontraba en un lugar desconocido, un parque al que nunca antes había ido. Sorprendida y a la vez curiosa, me dispuse a captar imágenes de aquellas hermosas figuras, sabía que merecía la pena. Fotografié la magnífica sombra de aquel gigante tobogán, la sombra curiosa de los caballitos, y por último, la sombra siniestra de los columpios. Espera. Un momento... En esa fotografía había algo extraño, la sombra del columpio era realmente siniestra, horrorosa a su vez y a la vez interesante, extraña y original. Contemplé detenidamente aquella imagen, y por sorpresa mía, no estaba sola. Esa sombra significaba algo. Esa silueta extraña como si de verdad estuviera montada en el columpio... Al acto de darme cuenta de lo ocurrido, dejé de mirar la cámara, contemplé el columpio y empecé a dar pasos grandes pero sigilosos y lentos hacia atrás. Con cuidado de no chocarme con nada, excepto por desgracia mía, con aquello con lo que es imposible no chocarte, con algo que puedes tocar sin ni siquiera saberlo, con algo que puedes sentir sin ni siquiera verlo, con algo que puedes temer sin ni siquiera mirarlo a los ojos. En ese momento, lo supe. Entendí por qué el 13, porque tenía 13 años, cada año había llevado muchos problemas a mis padres, compañeros o incluso a simples conocidos, no pretendía hacerle daño a nadie, pero no me dí cuenta, solo era una niña. Una niña con un corazón malvado, pero eso es algo que no puedo controlar, yo les ayudo siempre, y me lo agradecen, a pesar de que la cague, siempre lo arreglo todo, no podía ser mi número. Pero me equivoqué... Ese era mi número, de repente miré hacia el columpio, contemplé su siniestra sombra, y entendí por qué yo, por qué en ese momento, había dibujado un 13 en el suelo. Y en la foto no aparecía ningún número... Tragué saliva, cerré los ojos y recé para que ese número desapareciera, tanto del suelo, como de mi cabeza. Pero por sorpresa mía, eso no ocurrió. Ahí estaba, seguía estando ahí. Sobresaltada levanté la cabeza, y ahí la tenía, a la figura, la figura de un niño muerto, no le veía los pies, era como una capa de espesa boira con la forma de un niño y de su cara... Sin darme cuenta, no pude hacer nada más que mirar la hora en la cámara, y en verlo, sentí como si me clavaran una punzada en el pecho, y en se momento, lo entendí todo. Era mi hora, las 00:13. Cerré los ojos, y mientras alzaba la cabeza, respiré hondo, volví a tragar saliva, y los abrí. Ese era mi destino, mi realidad, mi castigo, desaparecer. Miré a la silueta del niño, y ví cómo me sonrío siniestramente. Se acercó a mí, con la mano me hizo un gesto para que me agachara, y así lo hice. Por sorpresa mía, me abrazó, pero no con la intención que yo creía. Entonces nos miramos, me volvió a sonreír, volvió a abrazarme, y esta vez, dejó que mi destino acabara de la mejor forma posible, con una sonrisa y con un cálido abrazo a pesar de yo estar envuelta en lágrimas de dolor y resentimiento, justo en ese momento, me clavó un cuchillo alrededor del pecho, y justo en ese momento, ví cómo todo se desvanecía, cómo todo daba vueltas a mi alrededor, cómo todo se volvía borroso, caí al suelo y sonreí. En ese instante noté cómo desaparecía junto con aquello que me había traído a la vida y al mismo tiempo me la había arrebatado, con el número 13.

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