viernes, 20 de septiembre de 2013

¿Cuántísimas veces nos hemos llegado a preguntar qué se supone que estamos haciendo con nuestras vidas? ¿Cuántas veces nos hemos llegado a preguntar si realmente queremos seguir aquí? Pero mejor aún, ¿acaso no hemos pensado todos miles de veces que era nuestro final, que no había vuelta atrás, que nada valía la pena, que no hay razones para seguir, ni para luchar, ni para quedarse, ni para no rendirse, etc?

Las resupuestas a esas preguntas son demasiado obvias, ya que cualquiera con dos dedos de frente sabe que el sentimiento que más efecto provoca en nosotros, es el dolor. La vida está repleta de él. Vayas donde vayas, independientemente de con quién y de a qué lugar vayas, siempre vas a acabar sufriendo. El motivo por el que los seres humanos tenemos el privilegio de sufrir y de sentir dolor, es porque el dolor y el ser capaces de sentirnos muchas veces completamente destrozados y hundidos, hace que nos sintamos vivos de verdad, que estemos viviendo realmente.

El término "vivir" está demasiado malinterpretado por culpa de esta mierda sociedad. Parece ser que todos se creen todas nuestras sonrisas, todas nuestras palabras, pero en realidad, siempre hay algo que marca la diferencia entre la apariencia y la realidad. Yo pienso que el hecho de mentir a alguien acerca de tu estado de ánimo, no es algo malo, sino que simplemente es una realidad que debemos aceptar y aprender a comprender. Muchos preferimos estar solos antes que mal acompañados, por eso mismo, como no queremos que los demás nos vean llorar, y no queremos sentirnos débiles y frágiles, optamos por alejarnos de todo aquello que podría suponernos graves conflictos o problemas. 

Definitivamente, los seres humanos no estamos hechos para convivir con los demás sin ningún tipo de problema.


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