miércoles, 20 de noviembre de 2013

Al mando de mi propia destrucción. Capítulo 6.

Todos me criticaban, me juzgaban, se reían de mí, hacían ver que era una más, pero al segundo de tener la poca esperanza de que eso fuera cierto, las supuestas "amigas" que tenía en mi infancia, resultaron ser de las personas más rastreras que he conocido nunca. Cuando estábamos en grupo, en el recreo, siempre me decían que tenían que hablar de una cosa muy importante y que era de familia o no sé qué, y que no podían contármelo a mí, que era un secreto muy personal o algo así. Me hacían quedarme a un lado, sola, mientras empezaban a hablar y hablar y no dejaban de mirarme. Hasta que me percataba de que lo que estaba pasando en realidad, era que estaban hablando de mí, que se estaban riendo en mi puta cara, y que no dejaban de criticarme, y que por eso no podían dejar de reír.

Cada día era la misma historia, hablaban de mí y me criticaban a escondidas, se reían de mí haciendo ver que estaban hablando de otras cosas, y lo peor, cada vez que teníamos que hacer grupos para un trabajo o así, me dejaban completamente de banda y sola, a la suerte de mi destino. Muy a mi pesar, tenía que ir con los compañeros que no tenían grupo, con los cuales tampoco me llevaba demasiado bien. Aunque por suerte, a veces me tocaba ir con gente que conseguía hacerme reír y hacer que me lo pasara bien. Sentía que por lo menos a alguien le caía mínimamente bien.

Digamos que cada día era una tortura más, pero lo que me salvó realmente fue mi capacidad de soportar y aguantar tantísimas cosas sin ni siquiera dejar caer una lágrima delante de nadie aunque me esté muriendo por dentro. El caso es que, con el tiempo, fui dándome cuenta de a quién le importaba ni que fuera un poco y de la gente que solo pretendía despedazarme, trozo a trozo, hasta lograr que yo misma decidiera acabar con todo, incluso conmigo misma. Con el tiempo fui creciendo, tanto por fuera, como por dentro, y me percaté de una vez por todas de lo que estaba sucediendo, de que había que poner fin a todo.

Mis padres solo atormentaban más mi vida. Era como si nada tuviera sentido, y como si ni siquiera el hecho de poseer cosas materiales que me encantaban, ya que, eran las únicas cosas que me hacían sentir felicidad u alegría, me hicieran sentir realmente viva. Nunca nadie me enseñó a amar, ni a querer a nadie. Nunca nadie me enseñó a sentir, ni me explicó cómo podía agarrar mi vida antes de que se escapara de mi cuerpo. Nadie me avisó de que podía elegir si vivir u morir. Nadie me dijo siquiera que lo más difícil sería ser una simple niña que pensaba y sentía como alguien mucho más mayor. En mi opinión, no importa la edad que tengas, la edad nunca definirá tus capacidades ni tus límites.

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