miércoles, 20 de noviembre de 2013

Al mando de mi propia destrucción. Capítulo 7.

En aquel entonces a cada momento me sentía rota, perdida, sin vida, quemada, invisible, muerta.
Era realmente escalofriante sentir que en mi interior ya solo había lugar para el dolor, para el odio, para el lamento, para la muerte. No quise percatarme de lo que ocurría hasta que alcé la vista delante del espejo, justo en el momento en que me veía rota, muerta, como si fuera un espejismo, como si fuera irreal. Como si ni siquiera yo misma pudiera sentir el alma que se resguardaba en ese oscuro, frío y roto corazón. Hecho trizas por el tiempo, por el pasado, por el dolor, por el sufrimiento, por el lamento y por mi propia realidad.

Digamos que ya solo podía desear una sola cosa, desaparecer. Esas voces, esos demonios incitándome a hacer lo imperdonable, lo inexplicable. Despedazarme por completo, hasta acabar siendo solo una figura que en algún tiempo atrás, fue una persona que a causa de lo mucho que se lastimó a sí misma, y lo mucho que la lastimaron los demás, acabó convirtiéndose en un monstruo. Solo era capaz de sentir dolor, agonía, temor, miedo, frialdad. 

Y pensar que muchos creen que todo es tal y como se muestra, es algo tan y tan patético. Demasiada hipocresía para tan poca paciencia, para tan poca humildad, para tan poca humanidad. Nadie se da cuenta del dolor que guardas en tu interior, no tienen ni idea de lo que es sentir que ya nada volverá a ser como antes, que ni siquiera tú podrás volver a ser un alma inocente. Que incluso tu interior te está convirtiendo en alguien irreconocible. Te estás convirtiendo en un monstruo que cada vez muestra menos, pero que cada vez siente más. 

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