miércoles, 7 de mayo de 2014

Y tantas lágrimas derrochadas, 
tantas noches de penurias,
sin sentido alguno,
como la existencia,
de tantos sentimientos,
corrompiéndote por dentro.

Desgarrando tus pulmones,
acotando el valor,
para decir,
para callar,
para saber qué decir,
y qué no,
para saber cómo callar,
y cómo hablar.

Y pensar que tantos silencios,
fueron para nada.
Que tantos sollozos,
solo fueron más que lágrimas,
retorciéndote por dentro.

Carcomiendo tu mente,
se halla la vela de tu vida,
el candado de tu corazón,
para el cual no hay llave alguna,
sino solo un hacha,
con el que romperlo,
y así destruir ese muro sin sustento.
Trasnochando,
observando esa ventana,
esas rejillas,
de la vida,
que dejan entrever el infierno,
mientras permaneces en la nada,
en el vacío,
esperando con ansia,
un revólver de vida,
un latido de perplejidad,
una pizca de valor,
inmensidad,
de aquel ser,
de aquel corazón,
que incluso estando oscuro,
roto e inválido,
aprendió a querer,
aprendió a curarse,
a protegerse, e incluso a permanecer,
en lo más alto del esfuerzo,
luchando día tras día,
hasta el fin de sus súplicas,
de sus días. 

.

Y pensar que todo fue,
sin haberse ido, 
sin haber huido,
sin haber vuelto,
quedándose en la nada,
permaneciendo en el olvido,
del recuerdo de lo bueno,
de la maldición de cada momento,
que poseyó nuestro recuerdo.

Y quise siempre,
permanecer a tu lado,
incluso en la oscuridad,
de aquella,
lúgubre tierra,
que conquistaba,
siempre,
absolutamente,
hasta el fin de mi propio ser,
corazones rotos.

Buscando alegrías,
en penas,
buscando lágrimas,
en aquel mar de ojos,
desplázándose por ti,
en un mundo sin piedad.