sábado, 30 de agosto de 2014

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Por alguna razón que no soy capaz de explicar, soy la niebla de ese bosque perdido en el que se encuentra mi mente, soy esas gotas de lluvia desplomándose desde lo más alto del precipicio de semejantes bolas de cristal. Soy esas nubes que imploran piedad, con la voz rota, muy lejos de aquí. Soy esas cuerdas que agarran tus pies al suelo, haciéndote tropezar día tras día, y sin embargo, obligándote a avanzar. Soy esos hilos que entrelazan tus manos con las mías, indicándome dónde acaba este desastroso fin, en el que ni siquiera las almas son infinitas, y acaban descompuestas en el suelo, imposibles de agarrar, de atrapar, ni siquiera para recordarlas. Sin embargo, se meten en tu interior, y deshuesan tu cuerpo, ahogan tu garganta, silencian tu voz, apagan tu insólita luz, y cierran las puertas al mundo más efímero: las miradas. Soy esos bates de acero, suplicando libertad, tras arrogantes sollozos, y rostros lastimosamente rotos, despedidos de la vida. Neutros como sí solos, y ardientes como el mismo fuego. Quebrados como el hielo al caer al suelo, al chocar contra la decadente realidad...



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