sábado, 11 de octubre de 2014

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Permanezco en silencio, inquieta y nerviosa, devastada mientras la sangre corroe mis venas y el veneno busca apoderarse de mí, cuando mi corazón se para por un momento, e inmóvil, escuece. 

Siento los latidos del silencio susurrar mi nombre, presiento la maldad de las garras de la oscuridad en cuanto aboco mi mirada a la lejanía, buscando el vacío en las tinieblas de la noche. Bajo las cuales sus ojos permanecen perdidos, cuidadosamente desgastados, resbaladizos, ardientes, apoderándose del fuego de tu ser, y dejándote de piedra, haciendo añicos tu corazón, formando pequeños cristales de hielo en él, mientras atraviesan tu piel, y ahogan tus lágrimas en la sangre que barre el suelo.

Escucho los sollozos lejanos a mí, perdidos como laberintos en esas bolas apagadas a las que un día llamaste ojos y ahora no son más que imperfectos cristales que atraviesan cualquier corazón, que son capaces de ver más allá de la vida y el dolor, que ven a través de los sueños, y son capaces de vislumbrar la muerte que esconde tu interior, la agonía de tus versos, la súplica de tus pasos, los esfuerzos de tu torpe andadura.

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