lunes, 27 de octubre de 2014

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Aquellas estrellas vislumbraban la horrenda realidad en su más profundo final, alcanzando así la vida llena de llamas creadas por el dolor. Y qué bello era observar las mariposas posadas en su piel, sin que estas supieran la toxicidad y el veneno que se escondía ante semejante ser, en el interior de sus ríos cubiertos de sangre, desplomando valor, valentía, en un paso a la perdición del vacío. 

Dejó caer sus más temidos miedos, sus más temibles gotas de sangre, sus rastros de hielo, deslizándose por sus mejillas, helando su piel, cortando su corazón, pero sobre todo, ahogando su ser. 

Levantó el brazo, y sin explicación alguna, sonrió. Se sonrió para sí, para sí mismo. A sus adentros. Cuán lúgubre alma debía hallarse en su interior, sonreírle a la muerte debe ser tan triste y bello a la vez, que sería imposible no desprender ningún rastro de emoción ni lástima. Dejó caer su sonrisa. La rompió. Se atrevió a abandonar todo aquello que creyó innecesario. Todo aquello que no merecía permanecer allí, que no le pertenecía, que no se había ganado con sus sudor. Todas esas cosas molestas e insignificantes que desbordaban su mente y su corazón, hundiéndolo en la miseria de una vida incierta en medio de la caída a la desesperación, de los sin sentido, de la pérdida de toda cordura. 


Cerró los ojos, y tras unos segundos de apacible silencio, de mortífera soledad, se produjo algo mágico. De esa extraña forma que escondía su rostro, emanaba de pronto una luz latente, ciega, dejándote perplejo a todo movimiento. 

De esas extrañas montañas con movimiento..surgió la luz, la vida, surgió el recóndito lugar donde se halla la felicidad: la paz de un ser que se deshace de todo aquello que no necesita, incluso su sonrisa, sus lágrimas, ¿y por qué? 
Porque no existe nada que se quede a nuestro lado eternamente, o al menos no de la misma forma. Todo se transforma, no solo la energía que emana en este mundo, sino también la que esconde nuestro ser. 

Fue ahí cuando entendió que hay cosas que debemos dejar ir, otras que debemos alejar, y otras a las que no nos podemos aferrar, pero que se convierten en algo mucho mejor, algo auténtico, algo con vida propia, luz propia, algo incapaz de volverse inerte totalmente: un ser vivo.

Atentamente,

Queily. 

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