domingo, 16 de noviembre de 2014

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Abres los ojos en medio de la confusión, mientras pierdes poco a poco tus sentidos, desvaneciéndose en el suelo, con el alma rota, y a duras penas levantándote de una caída que no acaba nunca, que no deja levantarte, pero tampoco caerte del todo. 

Te mantiene intacta en la nada, mientras derrumba tu ser, devastado de tanto esperar.

Pierdo mi consciencia mientras el sol ilumina mi rostro, arrancándome todo rastro de súplicas, alejándote de ese mundo incierto, debatiéndote entre la vida, el vacío, y la muerte, y cayendo a un hoyo que parece no acabar nunca. 

Desplomando tu cuerpo desde lo más alto del infierno, a lo más bajo de la tierra, de la existencia, llevándote a un lugar desconocido, que hiela tu respiración, presiona tus pulmones, y ahorca tu garganta, dejándote petrificada ante semejante multitud de mártires en busca de algo que quedó en incierto, mientras sus almas se iban y desprendían de sus cuerpos. 

No llegaron a su sueño. Colmaron la vida, a través del desconcierto, que con ello vivían noche tras noche, sollozando sus corazones enfrente de cristales demasiado rotos por los daños. 

 

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