sábado, 29 de noviembre de 2014

Rastros de ti.

Dejaste tus huellas en mi sangre,
recordándome tu huida,
el hecho de que no volverás,
de que te fuiste,
para no volver,
endulzando tus palabras,
como si de dulces y azúcar,
se trataran.

No eres más que esa aguja,
que quedó en mi piel,
estancada,
sin poder salir,
huir,
gritar,
sollozar,
tan solo hervirse de ira,
tan solo hacerse polvo,
junto con mis sentidos,
mi piel,
mi corazón,
mi ser,
dejándome agonizar,
tras decadentes almas,
caídas al vacío,
al abismo de un pozo inalcanzable.

Te volviste mi espina, 
te volviste mi escudo.

Y qué decir,
ahora que no te tengo,
que me faltas,
que me lloras,
que me quemas,
haces que cada lágrima,
cada paso,
resulte un suplicio.

Recordarte,
como la muerte,
el hedor de tu piel,
el frío de tus labios,
el fuego de tu corazón,
el hielo de tus púlpitos.

Espesas garras de acero,
soltad mi alma,
castigad el suplicio de esta vida,
ya muerta,
ya ida,
ya sucumbida al dolor,
a la penuria,
a la miseria,
de un laberinto candente,
de un alma traspuesta,
de unos ojos ya helados,
de un corazón de piedra,
vuelto fuego en su interior,
lapidando cicatrices,
y tantos otros corazones,
en busca de vida,
donde tan solo queda muerte,
donde no hay más que escombros,
que cenizas,
de esos mártires,
de esos moribundos rastros de luz,
procedentes del abismo.



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