sábado, 29 de noviembre de 2014

Recónditos versos de un alma fundida.

Baches

Caes y caes, pero nunca pareces llegar al final del pozo. Vuelves a caer. Te alzas unos segundos, irradiando una efímera viveza. Y pum. Entonces vuelves a abrir los ojos, y expectante, contemplas las lujurias de las que te priva la vida. 



Tierra

Alabada sea la tierra que consume mis entrañas, que desgasta mi cuerpo hasta volverlo inamovible. No soy más que escarcha deseando y luchando para ser algo más que una insólita parte de existencia vacía y reseca. Quiero algo más que el vacío. Quiero la vida. La vida incluso en el dolor del día a día. Pero vivir es mi lema y mi único objetivo; ahora cabrá ver cuál es mi destino. 


...

Curvas que marcan el horizonte, 
lejanía que me arranca el corazón, 
dejando mi humilde cuerpo,
en manos de la putrefacción. 


...

Montañas risueñas, que me sonríen desde la perdición. Oh, cuántas maldades se adhieren a mí, contagiando en mi sangre la toxicidad del veneno que se ha vuelto mi vida. No soy más que algo, siendo al fin; nada. 


Suspiros
Decadentes misterios que presagian los infiernos que abaten nuestras almas. Unisono constante de las aves caer en las manos de la frívola oscuridad. Emergiendo sus cuerpos y abatiendo sus alas en la más suma tristeza de la noche que congela sus más escabrosos corazones. Dejando al fin un único sonido acompañado de la más mortífera señal de incertidumbre, de cansancio, de muerte abatida: silencio. 


...
No soy más que pena, hundida en la galaxia que aspira los astros del planeta, y se lleva el aire y el oxígeno que un día perteneció al cuerpo que aguardaba mi alma. 


...
Escombros de almas pudientes. Almas regocijadas en el interior del abismo, justo al lado de la perdición, de la nada, de la sequedad de la vida, de su supuesta benevolencia. 

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