sábado, 15 de noviembre de 2014

Viejas palabras, estancadas en el alma.

Cansancio, fatiga, vacío, es todo lo que siento. Me encuentro en una especie de sueño, saturada por la realidad, incrédula a las palabras de la gente, inconsciente a mis propios actos y acciones. Impertinente al actuar muchas veces sin usar eso a lo que llamamos cabeza. Caes y caes y te levantas y, sin embargo, parece que no avanzas, que te estancas. Musito nombres en la nada, esperando una voz que no llega, qué suplicio me espera si debo verme obligada a retirar mis propias promesas, las que yo misma me hice, tan solo por mi bien, para proseguir, para seguir con eso que dejé a medias, eso en lo que me estanqué. Solemnes pasos que auguran el paso del tiempo, la decadencia de mi alma, la pérdida de mi esplendor. ¿Qué sucede? ¿Acaso no puedo abrir los ojos? ¡Despierta! ¡Despierta!



Hay palabras que con tan solo rozarlas, escuecen, se adentran en tu piel, y ese dolor te persigue eternamente, como algunas personas. Sin embargo, ¿qué decir de ese roce que hace el frío al chocar con tu piel? De esa sonrisa que te sale al ver caer la lluvia, avivando incluso las almas más muertas, reviviendo cualquier muerte naciente del dolor y de la vida. ¿Qué decir de la euforia que sientes al sentir un trueno estallar en tu cabeza, de la lluvia correr por tu interior, de la brisa enfriando tus palabras, resecando aún más tu voz, del frío congelando tu corazón y de esa llama que jamás se apaga, dejándote irrompible por muchas veces que te rompas, siempre hay suficientes pedazos como para permitirte levantarte?

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