miércoles, 7 de enero de 2015

Descordando mi alma.

Lejanía, sollozos, desgarros, almas perforadas, sentidos ensangrentados, rostros ardiendo.
Siento cómo corroe en mi interior ese áspero y doloroso líquido cargado de vida, o quizá ahogándose en ella, buscando una salida, una vertiente por la que salir, una abertura por la que deslizar sus garras, y clavar por última vez sus más temidos y lastimosos miedos, temores, recuerdos. 

Todas esas lágrimas manchadas de sangre polvorienta, que cuanto más escasean, más polvo forman en tu interior. Tus ojos se vuelven piedra, mientras tu rostro se agrieta, tu pelo se quiebra, y tras sus dulces curvas, se esconde el más mortífero sentimiento. 

Todavía puedo sentir cómo mi cuerpo desaparece, cómo se adentra en la decadencia, cómo vierte sus últimas súplicas, cómo se arma de valor para deslizar una agradable, mágica y contrariamente siniestra sonrisa, ahogada en el sudor de sus esfuerzos por saltar, por caer, por marchar. 

Presiento unos golpes ausentar mi conciencia, apagar mi vida por un momento, como si estuviera nadando en un amplio campo de muerte, lleno de mártires, de rosas, de flores pudriéndose, de almas entrando en el abismo, de ojos ahogándose en la oscuridad, de corazones clavándose veneno a cada posible vertiente de él. Todos sus pasillos, se vuelven rojizos, dando paso a esa fórmula que nos da la vida, y que es capaz de quitárnosla, ya sea por su exceso, su ausencia, o su falta. La sangre. 

Qué poderoso puede ser algo que en cuestión de segundos salva una vida, y mata otra. Somos esculturas que pasean por lúgubres caminos que vamos construyendo nosotros mismos.
Mientras unos deciden pasar por los lugares conocidos, por rutas interminables y agotadoras, muchas de ellas cortas, ya sin misterio, ya típicas. Otros preferimos ir por senderos más largos, perdernos en ellos, descubrirnos a nosotros, explorarlos, hacerlos mágicos, especiales, pero sobre todo, capturar su esencia. 

El que sabe encontrar, no es porque sepa buscar, sino porque tuvo el suficiente valor de perderse y seguir, de llegar a hacerlo tantas veces, que empezaba a parecerle todo conocido, ameno y espantosamente agotador, pero aún y así; seguía, hasta que consiguió capturar la magia de esos recónditos corazones, de esas alarmantes y decadentes almas, de esos rostros deslucidos, llenos de valentía, fuerza, y sobre todo, voluntad. 

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