sábado, 28 de marzo de 2015

¿La sonrisa animal, o la sonrisa del alma?

Me vienen infinitas imágenes a la cabeza, infinitos recuerdos, hallazgos, hechos, ruidos, sonidos, y sobre todo: palabras. 
¿Cuántas veces hemos sido testigos de violencia a un ser vivo, de maltrato, de verdadera crueldad? Millones, seguramente; pero lo más importante, ¿cuántas de ellas impedimos o intentamos evitar, solucionar o parar? Una, dos, tres, cuatro. ¿Cuántas pasaron de manera impulsiva, sucesiva, repentina, sin poder reaccionar con el corazón?

Un insecto. Una planta. Un animal. Un humano. Y millones de especies y razas más. ¿Lo que los relaciona? Todos y cada de uno de ellos son animales, más o menos hábiles, fuertes, astutos, inteligentes, valientes, etc. El caso es, ¿qué nos diferencia? Pequeños rasgos, pequeñas variaciones y características en cuanto a nuestro comportamiento, en cuanto a nuestra personalidad, actitud, conciencia, y cómo no, razonamiento. 

Hay más seres vivos parecidos a nosotros de lo que parece y de lo que nos hacen creer. Muchas especies que no pertenecen a la raza humana son testigos de muchas de las realidades que nosotros, los humanos, presenciamos. 
Como por ejemplo, los delfines. Los delfines tienen una sensibilidad increíble, a veces, incluso mayor que los humanos. 
Las ovejas, por ejemplo, poseen una gran capacidad de memoria gráfica, y de una gran habilidad de reconocimiento y distinción de hasta 50 individuos diferentes, y recordar infinitas cantidades de recuerdos e imágenes, por lo cual, recuerdan todas las situaciones traumáticas que han vivido. 
También existen millones de especies más, que aunque no sean como nosotros, son mucho más parecidos de lo que se cree. 

¿Quién dice que los animales no son inteligentes? Que no tengan las mismas capacidades que los humanos, no implica que sean menos inteligentes o espabilados; al contrario. Desde mi punto de vista, opino que los animales pueden llegar a ser tan espabilados como nosotros, o incluso más, puesto que muchos disponen de mayor habilidad física, y otros, igualan nuestra astucia, o incluso la superan, aunque, es discutible.


Dicho esto, por último, me gustaría hablar sobre una organización de animales, La Sonrisa Animal, la cual cuida de animales desnutridos, maltratados, abandonados, enfermos, etc, hasta que estos puedan darse en adopción y ir a un lugar mejor. Me gustaría que al menos una vez al día, a la semana, o aunque sea, al mes, dedicarais unos minutos, por pocos que sean, a dar RT en su Twitter a las imágenes que veáis sobre animales que buscan un hogar, cariño, alguien que sepa darles valor, y recibir de buen grato el suyo. También podéis echar un vistazo a su página web, por si os interesa. Adoro que existan asociaciones y organizaciones así, ya que, es un placer que aún haya personas que se preocupen por alguien más que por los humanos.

Aquí os dejo los enlaces:

https://twitter.com/LASAnimal
http://www.asociacionlasanimal.org/

Puede parecer una tontería, pero un RT puede ayudar mucho, y realmente puede ayudar a mucha gente. Además de las firmas sobre peticiones de otro tipo de asociaciones, como Change o Avaaz, las cuales también han conseguido muchos logros, en muy poco tiempo. Pero debemos tener algo muy claro; aún no son suficientes, así que habrá que luchar, y hacer lo que esté en nuestra mano por acabar con cada injusticia que veamos, escuchemos, presenciemos, o incluso leamos. De verdad, una palabra, un hecho, una acción, de cada uno de nosotros, podría acabar cambiando el mundo y la patética realidad en la que se encuentra actualmente el mundo.

Basta de lamentar, y empecemos a cosechar.


Atentamente,

Queily. 


martes, 24 de marzo de 2015

Pequeña lucecita

Hay momentos en los que descubres que incluso la lucecita más fuerte se apaga, que incluso la más mortífera, es capaz de crear vida, que incluso la más torpe, es capaz de inventar imposibles. 

En cada vida, en cada muerte, en cada ser, hay una lucecita que mantiene viva nuestra alma, que apacigua el dolor, o que lo incrementa; que consigue escocer, o incluso dar fuerza, y que arranca sonrisas, mientras cose cicatrices, y da pinceladas de brillo a ese rostro tan oscuro, tan dañado, tan lastimado. 

Y qué decir, de esa sangre, que pincela cualquier rostro de viveza, que pincela el corazón, hasta volverlo rojizo por momentos, aunque en su interior esté hecho polvo, ennegrecido, roto, destrozado, hecho trizas. 

Hay muchos tipos de lucecitas distintas, unas se apagan, otras no dejan de parpadear,  de revolotear en tus ojos y de posarse en cualquier sitio, de explorar cada paso, cada lugar, aún con los ojos cerrados, perdidos, desprendidos del alma. 

También hay otras que no se apagan, aunque en ocasiones, quizá demasiadas, tiemblan, y se apagan por cuestión de segundos, y luego abajan notablemente su fuerza, dejándola por los suelos, traspuesta, vacía. Hasta volver a tener energía y ganas suficientes para volver a crearla, y encender esa lucecita en su más elevada viveza.

Y por último, cómo olvidar las lucecitas que cambian de color y de forma cada dos por tres, esas que se tornan de acero, de cristal, de piedra, de agua; y muy en el fondo, conservan un pedacito de hielo y de fuego en su interior, que les permite no apagar su mayor lucecita, la que la despierta, la duerme y la mata, pero sobre todo, la que le da vida: su voluntad.