martes, 24 de marzo de 2015

Pequeña lucecita

Hay momentos en los que descubres que incluso la lucecita más fuerte se apaga, que incluso la más mortífera, es capaz de crear vida, que incluso la más torpe, es capaz de inventar imposibles. 

En cada vida, en cada muerte, en cada ser, hay una lucecita que mantiene viva nuestra alma, que apacigua el dolor, o que lo incrementa; que consigue escocer, o incluso dar fuerza, y que arranca sonrisas, mientras cose cicatrices, y da pinceladas de brillo a ese rostro tan oscuro, tan dañado, tan lastimado. 

Y qué decir, de esa sangre, que pincela cualquier rostro de viveza, que pincela el corazón, hasta volverlo rojizo por momentos, aunque en su interior esté hecho polvo, ennegrecido, roto, destrozado, hecho trizas. 

Hay muchos tipos de lucecitas distintas, unas se apagan, otras no dejan de parpadear,  de revolotear en tus ojos y de posarse en cualquier sitio, de explorar cada paso, cada lugar, aún con los ojos cerrados, perdidos, desprendidos del alma. 

También hay otras que no se apagan, aunque en ocasiones, quizá demasiadas, tiemblan, y se apagan por cuestión de segundos, y luego abajan notablemente su fuerza, dejándola por los suelos, traspuesta, vacía. Hasta volver a tener energía y ganas suficientes para volver a crearla, y encender esa lucecita en su más elevada viveza.

Y por último, cómo olvidar las lucecitas que cambian de color y de forma cada dos por tres, esas que se tornan de acero, de cristal, de piedra, de agua; y muy en el fondo, conservan un pedacito de hielo y de fuego en su interior, que les permite no apagar su mayor lucecita, la que la despierta, la duerme y la mata, pero sobre todo, la que le da vida: su voluntad. 

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