domingo, 19 de abril de 2015

Acuérdate de mí...

Podría jurar que esa es una de esas noches en que todo parece perdido, en que incluso tú misma pareces haberte ido, a alguna parte, muy lejos de allí, en que ni siquiera tus pies parecen estar en ese lugar, como si tu alma hubiera volado vidas allá, como si tu silueta deslumbrara el temblor de tu corazón, y ver que, una vez más, después de tantas; estabas sola. Completamente sola. 

Sola. SOLA

Esa palabra rebotaba en mi cabeza como si me estuvieran golpeando con un balón continuamente, una y otra y otra vez, sin cesar. ¿Cuántas veces habría sentido ese sentimiento? ¿Cuántas otras habría querido huir? ¿Acaso no es fácil cavar un hoyo y buscar dónde acaba, hasta dónde puede llegar, y malgastar allí tu poca luz, y usar tu oscuridad para arroparte del frío, de la noche, de la lujuria, para evitar volver fuego tu corazón, ahora hecho polvo; sin poder limpiarse.

Puedes frotar y frotar, con el jabón que quieras, con las medicinas y antídotos que quieras, puedes envenenarlo más, o meterle tantas jeringuillas llenas de putrefacción y desesperación cuantas veces quieras; pero nada, nada cambiará.

Mi corazón está hecho lápida. Fue enterrado antes de poder decirle adiós, ¿y qué decirle ahora que se encuentra tan lejos de mí? ¿Qué se puede esperar de la vida? ¿Por qué siquiera esperamos algo? ¿Por qué siempre esperamos algo? ¿Por qué esperar? ¿Por qué seguir? Porque las direcciones están marcadas, y es tu deber no borrarlas, no eliminarlas, no olvidar, pero buscar otras, siempre hallar alternativas, nuevos hallazgos, caos, destrucción, pero sobre todo; nuevas y pequeñas o incluso diminutas piezas de vida.

Me parece como si el pasado y el presente jugaran conmigo, como si me encontrara entre dos mundos, entre dos entierros, dos lápidas, y no supiera cuál golpear, cuál borrar. Y entonces recordé esas palabras: No borres jamás; reescribe. 
Me paré en seco, en cuanto sentí un fuerte pellizco en el pecho, como si alguien, desde mi interior, intentara salir.

Es extraño. A veces, sin saber cómo, ni tener una explicación lógica a ciertos acontecimientos de nuestras vidas, es como si un ser de la nada, arrancara nuestras entrañas, como si estirara y golpeara nuestro corazón continuamente, para reclamarle y gritarle a cien vientos, por qué no, que se despertara, que no se durmiera, que no se dejara adormecer, pausar

Y es que, aunque parezca de locos, o quizá incluso de cuerdos; el hecho de poder pausar ciertas cosas, o más bien, de creernos de verdad que somos capaces de paralizar las acciones, las actitudes, e incluso, los sentimientos, y por qué no, los problemas, es lo que hace que, una vez más, tras otra; tiritemos y nos ahoguemos y atragantemos con nuestra propia respiración. 

¿Qué incrédulo podría creer que existe el silencio en el interior de un ser vivo? ¿Acaso nos hemos vuelto cuerdos? La locura nos hace ver y vislumbrar la cruda y agridulce realidad; sacándonos la sangre de donde quiera que se esconda, y nos arrastra hasta la nada, hasta el abismo, para hacernos ver que no hay vacío más vivo que cualquier corazón herido. 

Sacudo la cabeza y me obligo a mirar al suelo, al subsuelo, más allá de lo que captan y perciben mis ojos, coloco mi mano cuidadosamente encima de mi bomba, y descubro que explotó hace mucho, pero que una pequeña, realmente diminuta, sigue latiendo, contando atrás. Una diminuta bomba que va a contrarreloj de mis latidos, que a contratiempo, cuenta y retrocede todos y cada uno de mis latidos, pasos, acciones, y sobre todo, emociones y sentimientos. Cuenta mi vida. Pero espera, ¿qué vida? La que está a punto de explotar. Esa pequeña y casi invisible y imperceptible lucecita que me mantiene firme en mi interior, aunque esté hecha polvo, aunque quiera sumirme en la tristeza y abrazarme a la oscuridad. 

Entonces lo recordé:
"La oscuridad solo te protege cuando tienes el valor de hacerle frente, de no temerla, de arroparla tú también, de ser su paño de lágrimas, de ser su sangre, su incierta vida; desplomada, pero aún latiendo en su interior."

Me dirigí a mi habitación, y abrí el viejo y destrozado cajón donde guardaba mis pesadillas. El simbolismo de mi muerte más mortífera. Y mientras rebuscaba en su interior, encontré lo que quería. Lo que siempre quise. Decidir. Decidir sobre mí. Por delante de los demás. Por delante incluso de mí misma. Por delante de cualquiera. Decidir por mi alma, por mi bomba. 

Y así lo hice;

antes de que explotara la bomba, quería sufrir un poco, un poquito más. De todas las maneras posibles. Porque, mirándolo por la parte mala, es malo vivir, siempre que lo hagas de morros, pero si esos morros se convierten en una sonrisa, o incluso en un suspiro, algo estás haciendo bien.

Haz las cosas mal, hazlas bien, hazlas a tu manera, como tú quieras, no hay reglas, no hay límites, los pones tú. Tú decides cuándo acaba y cuándo empieza, pero no olvides que, otros también lo deciden, con más poder que tú; no más fuerza... Pero ya sabes, el poder, a veces, por desgracia; gana a la fuerza. 


Entonces cogí la cajita, la abrí, y en su interior, descubrí mi lastre: las agujas. Nunca desaparecen, pero te recuerdan que el tiempo pasa. Entonces cogí una por una las agujas de colores; había una gran cantidad de colores, desde rojo, granate, negro, gris, azul, amarillo, turquesa, lila, naranja, blanco, sangre, corazón, vida, y por último; sangre.

TIC, TAC, TIC, TAC, TIC, TAC. 

Y para cuando me clavé el color sangre en el corazón, la bomba explotó.
Dejando en el suelo su rastro infinito; un reloj pausado, junto con mi cuerpo desplomado en el suelo, con una bella sonrisa en el rostro, que me permitió pronunciar:

Ya no hay vida, solo viveza, la viveza se halla en la sangre, la sangre que creas, la que tienes solo es veneno, y es tu deber volverla roja, y de todos los colores posibles, hasta llegar al color sangre. 
Voy a vivir por mí misma, sin relojes, sin bombas, pero haciéndome correr, recordar que el tiempo pasa. Cada aguja es un símbolo de pérdida. Por cada pérdida, necesitaré una aguja para recordarme que existo, y quiero existir; pero sobre todo, que no por mucho tiempo, así que habrá que probar todo lo que quieras antes de que desconozcas las curas que provoca el color sangre.

Marqué el número de la ambulancia, y justo entonces me quedé inconsciente en el suelo, mientras brotaba sangre de mi corazón, recordándome una vez más; que seguía viva. 

Atentamente, 

Queily.

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