domingo, 26 de abril de 2015

Susurros...

Estoy cansada de viejos escombros,
de matices sin sentido,
de palabras inconexas,
de heridas en el corazón.

Cansada de tanto sentir,
de tanto callar,
de gritar y gritar,
con nada más que el silencio,
como estúpida respuesta,
a esos llantos de sangre.

Abatida por el tiempo,
agotada de existir,
suplicando un por favor,
esperando un por venir,
rezando a la esperanza,
gritando para no perderme,
para no dejarme ni abandonarme,
agarrándome a la nada,
para mantenerme con vida.

Y qué respiraré,
y de qué viviré.

Y cómo sollozar,
cómo brincar,
cómo expresar,
olvidé ya cómo se hacía.

Olvidé tus sonrisas,
pero recuerdo cada momento,
cada puñalada,
cada vuelvo en mi corazón,
cada palabra, 
cada gesto.

Y te recuerdo,
y no te olvido,
y no te vas,
y no te quedas,
y ya nada tiene sentido,
porque sin mí, 
qué iba a hacer sin mí.

Si ni te tengo a ti,
ni me tengo a mí,
estoy perdida.
Perdida de tanto perderme,
de tanto obcecarme con una realidad ya ida.

Y cómo quemas,
cómo escueces, 
cómo desvaría mi mente,
con tan solo recordarte.

Mi corazón se desploma con tus recuerdos,
ya no sabría decir dónde acabaron,
dónde sigo,
y dónde seguiré.

Ya no sé a dónde te fuiste,
ni si volverás, 
ni si estuviste.

Solo sé que te fuiste,
de un cuajo,
de repente,
y sin un adiós de por medio.

Es curioso cómo tantos momentos,
pueden almacenarse en un corazón tan destrozado,
tan aparentemente diminuto.

Me resulta siniestro cómo llegué a querer,
y de qué forma,
y hasta qué punto...

Desplomé mi alma,
rasgué completamente mi corazón,
y te entregué todas mis fuerzas,
todas mis sonrisas.

Arranqué de un cuajo la esperanza,
y te la regalé.

Supe que la necesitarías,
supe que necesitabas a alguien,
una sola persona,
que no estuviera contigo por estar,
que no te viera como alguien popular,
alguien para quien fueras alguien especial,
alguien irrepetible,
irreemplazable,
alguien para que fueras la magia de la oscuridad. 

Y quizá es eso lo que más me apena,
que no supieras ver que yo te quería hasta el fondo de mi ser,
hasta lo más profundo de mi alma,
incluso hasta llegar a las penumbras de mi corazón,
y pasando por los tormentos de mi mente.

Y qué razón,
qué razón tuve al advertirme,
y qué inútil fui por no darme cuenta,
de que una vez más,
sigo traspuesta,
con el corazón en el pecho,
esperando que caiga en mi mano, 
y se pose en mi mirada,
entregándola a alguien,
un desconocido con una sonrisa bella,
para que lo pruebe a su antojo.

Eso haría si siguiera pensando así,
pero jamás volveré a probar el dulce, sin antes ver cuánto veneno llevo tras de mí.
Y lo siento, lo siento tanto.
Pero no se repetirá. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario