martes, 9 de junio de 2015

...

Estoy cansada,
abatida,
traspuesta,
y no sé volar,
he perdido las alas,
en algún lugar,
dejé que fueran presas de mi caparazón.

Y a dónde fuiste,
dónde estás,
por qué lo hiciste,
ya no hay perdón.

Pudimos vernos,
tras bolas de cristal,
en infiernos candentes,
y en la posesión de un alma,
que por más que lo intento,
no logra despedirse.

Cicatrizo y vuelvo a herir,
hiero y vuelvo a herir,
corto, clavo, ahogo, callo,
gritos lo más alto posible,
y mis entrañas se exprimen,
de tanta putrefacción,
mi corazón late en silencio,
echa de menos tantos sobresaltos,
pero sobre todo,
sobre todo yo.

Echo de menos el viento,
el sentirme libre,
poderosa,
tener control sobre mí,
sobre mi vida.

O ahogarme,
en cavidades llenas de sangre,
que no quise derramar,
pero que con el tiempo,
fue imposible no verter.

Quisiera hacerme poseedora del veneno,
que dejaste en mi corazón,
del escudo que usaste con mi caparazón,
del arma que utilizaste para romper el muro,
para adentrarte al lago de lava,
y sumergirte en mis miedos,
pero jamás atreverte a ir más allá de las profundidades.

No llegaste a tocar fondo,
ni siquiera en mí,
entonces cómo ibas a arder,
si no hacías más que abatir tus brazos,
en busca de esas alas,
tan mías,
que arranqué de cuajo.

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