domingo, 12 de julio de 2015

Siento la nieve recorrer mis venas,
siento el viento cortar mis pulmones,
siento tu voz robar mi respiración,
siento el silencio quebrar mi corazón.

La tinta de mis venas se torna oscura,
los ríos de mis ojos se desploman por estas montañas,
tan elevadas,
tan resacosas.

Mis labios se vuelven amargos,
mi mirada perdida,
se torna cenizas.

Volvamos a perdernos,
quiero que nos encontremos,
o que nos perdamos entre sí,
aún más,
todavía más,
tan solo para encontrarnos a cada une.

Me estoy cansando de tantos fuegos,
de tanta risa,
para tan poca vida,
para tanta monotonía.

Mis sueños me persiguen,
y se tornan veneno,
junto con tus versos,
ya en el pasado,
ya enterrados.

Procuro verte cada noche,
en la luna,
en las estrellas,
en el cielo,
en las miradas,
en los reflejos,
y ya solo veo negruras,
espécimenes que buscan corazones,
y quizá les de el mío,
ahora que ya no me quedan colores.


Te regalo estos escombros,
ya no los quiero,
no me sirven,
ya no siento,
ya no padezco,
solo observo.

Sé el color de mi pintura,
sé el arte de mis sueños,
sé la magia de mis venas,
la sangre de mi corazón,
los púlpitos de mi alma,
y las pulsaciones de este estropajo.

Y créeme,
ya no hay silencio,
que apague estas velas,
incrustadas en mí,
quemando cada rastro de mi ser,
y haciendo crecer nuevas huellas,
nuevos mundos,
nuevas ideas,
y muy a mi pesar,
los mismos sentimientos.

Necesito una ducha interior,
y lavarme y enjabonarme,
de todos los males.

Sacarme esta sangre,
que dejaron tus versos,
sacarme estos cuchillos,
que dejé por descuidos,
sacarme esta muerte,
que soñé sin pensarlo.


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