miércoles, 8 de julio de 2015

Silencios de papel (Canción acabada)

Aplaudo el mundo desde los escombros,
cuántos tumultos nos esperan.
Y es que ya me he cansado de tanto silencio,
de tanto ruido en las mentes,
en los corazones, y sobre todo en las almas,
y tan poco en estas calles risueñas.

Tantos gritos y súplicas que vemos a lo lejos,
y qué pocos presenciamos en directo,
pero que reproducen una y otra vez,
la agonía en qué nos encontramos;
la agonía de no poder hablar,
de no poder expresarte,
de no poder opinar, debatir,
de no poder criticar con argumentos,
de no poder dar las herramientas para que otros,
aprendan lo que tú aprendiste,
y para que otros,
te enseñen lo que ellos aprendieron.

Y es que este se ha vuelto un mundo de pobres,
y poco a poco luce como un sepulto a la oscuridad,
como una escena de cristal, hecha de acero en tu piel,
como sangre tornada azul, verde, cuando tú sabes que no es así,
cuando sabes que no hay realidad que pintar,
que la sangre es roja,
y que no hay nada que impida,
que impida en este ahora,
cumplir con la condena del pasado.

Pero y qué decir,
cuando nos están haciendo creer,
que la condena es lujuria,
que son palabras,
que es libertad de expresión,
y que son esposas,
calabozos,
y falsas coartadas.

Mentiras, mentiras, y más mentiras.
Esas son la llave para acabar con tu condena.

Amordazados por el silencio,
revueltos por la muchedumbre,
acallados por el vacío que llevamos dentro,
envueltos en sangre,
en escondites de nieve.

Palabras,
cortadas,
quemadas,
desgarradas,
y entretejiendo falsos mundos,
en esta realidad virtual,
en este mundo que acorrala tu alma,
y la vuelve dolor,
que sujeta la vida,
y la torna suplicio,
que encarcela la mente y el corazón,
y los vuelve,
una vez más,
meros tumultos...


Y es que ya me he cansado de tanto silencio,
de tanto ruido en las mentes,
en los corazones, y sobre todo en las almas,
y tan poco en estas calles risueñas.

Y es que este se ha vuelto un mundo de pobres,
y poco a poco luce como un sepulto a la oscuridad,
como una escena de cristal, hecha de acero en tu piel.


Que la condena es lujuria,
que son palabras,
que es libertad de expresión,
y que son esposas,
calabozos,
y falsas coartadas...


Palabras,
sepultadas bajo el subsuelo,
enterradas,
traspuestas,
quemadas,
desgarradas,
y entretejiendo falsos mundos que todavía relucen de gloria.


Mentiras, mentiras, y más mentiras.
Esas son la llave para acabar con tu condena.


Amordazados por el silencio,
revueltos por la muchedumbre,
acallados por el vacío que llevamos dentro,
envueltos en sangre,
en escondites de nieve.

En esta realidad virtual,
en este mundo que acorrala tu alma,
y la vuelve dolor,
que sujeta la vida,
y la torna suplicio,
que encarcela la mente y el corazón,
y los vuelve,
una vez más,
meros tumultos...

Ya basta de sonrisas encarceladas,
de mares de lava despedazándose en tu mirada,
de fogatas en tus ojos,
de mártires en tus palabras,
pero sobre todo,
ya basta de muerte en tus gestos,
en tu más mortífero fin.

Se acabó,
no más terremotos,
no más tormentos,
no más suplicios,
ya no hay voz para tanto silencio,
ya no me quedan palabras,
para tan corta vida,
y tan viva pasión,
y es que,
una vez más,
acabamos sin luz,
o más bien,
sin un sol por el que latir,
porque descubrimos,
que en la pobreza,
se halla la mayor riqueza,
aquella que trastorna,
sin tocar,
que enloquece,
sin sonrisas,
que vacía,
sin palabras.

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