martes, 7 de julio de 2015

Suspírame,
arráncame,
e intenta no mirar atrás,
no girarte,
no moverte,
procura seguir,
sin descanso,
sin ataduras,
sin precipicios.

Salta a mi corazón,
húndete en él,
quémate,
regocíjate en mis entrañas,
peta mis venas,
y escóndete en mis susurros,
pausa mi voz,
y quiebra mis sentidos.

 Escápate de mí,
o húndete conmigo.

Coge los rasguños,
los destrozos,
y hazlos bonitos,
píntalos a tu gusto,
y pégalos en mi alma.

Y tu sonrisa,
sigue cayendo,
desde el más hermoso precipicio,
sigue saltando a la nada,
esperando explotar,
o encontrar algo.

Recorta mi sonrisa,
y destrózala,
sumérgete en mis labios,
o rómpelos,
qué más da,
ya no habrá más adióses,
ya no habrá más lloros,
los llantos quédatelos para ti.

Mójate con la lluvia,
y llora con mis recuerdos.

Mírame,
y pregúntate por qué,
mírate,
y pregúntate por qué no,
por qué lo hiciste,
o por qué no haberlo hecho.

Eres el rastro de tu sangre,
eres el horror de tus sueños,
eres la vida de tus muertos,
eres el fuego de tus monstruos.


Eres el pájaro que respira,
aún en jaulas,
más mortíferas que esta alma,
que aún recuerda tu nombre,
y no es capaz de arrancarlo,
de un pedazo,
y tirarlo al vacío,
porque de alguna forma,
siento que forma de mí.

Y al fin y al cabo,
¿para qué matar algo que aún sigue vivo?
Solo las imágenes físicas mueres,
las psicológicas permanecen siempre,
sujetas al alma,
pegadas al corazón,
y quebrando la piel,
mientras tu sonrisa cada vez se resiente más.

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