martes, 24 de noviembre de 2015

Las épocas de frío retumban en mis oídos, los bostezos y suspiros de madrugada, el temblor de mi piel por el contacto del hielo y del viento. El calor y ardor de mi corazón y de mi pecho, deseando salir al exterior.
La sonrisa de verano justo antes de morir en otoño. Las lágrimas de invierno, antes de disolverse con el pasado.
Y los recuerdos, tanto los fríos como los ardientes, que oscurecen y opacan mi alma y la despiertan de dolor, y a veces, incluso, de esperanza.



Dicen que hay personas que nunca olvidas, que nunca mueren en una tumba, que mueren y viven dentro de ti y es imposible extirpar su recuerdo de tu corazón, o siquiera de tu mente.
Mueren en ti para renacer en tus lágrimas, y también en tus sonrisas.



Los cristales de su corazón todavía siguen latiendo, mientras las luciérnagas iluminan su caparazón, rodeado de espinas.

La magia de un corazón jamás muere, tan solo se transforma.



Tiritas de porcelana... 
Y es que ya no me quedan sonrisas para tanto fingir,
se me han acabado las ventajas del ayer.

Solo quiero recordar tu rostro a centímetros del mío, rasgándome la piel con esa mirada desesperante.
Quiero dejar de sangrar,
mi piel ya no aguanta más tiritas de porcelana,
se ha cansado de las quebradizos recuerdos que dejaste bajo mi almohada, bajo mi corazón, bajo ese escudo, esa capa negra con la que me fundía en la oscuridad fingiendo ser une.

Echo de menos las constelaciones de tus ojos divagando por mi cuerpo, tus sonrisas clavándose en mi corazón, y esas miradas de complicidad llenas de deseo.



Todavía sigo viéndote en cada esquina, recordándote tras esas canciones, bajo esa lluvia de sentimientos, todavía recuerdo tus manías y tus sonrisas, tus lágrimas, tu sed de querer ponerle a todo un poquito más de color y alegría, tu sed de alegrar a casi cualquiera. 

Recuerdo todavía más esas noches llorándote, deseándote, perdiéndote en mis pesadillas y en mis sueños. 

Aún sigues en mi mente, y no logro explicar de qué nefasta manera logras quitarme la coraza incluso después de que ya no estés, con tu sola presencia en mi cabeza, y quizá aún un poco, en mi corazón.

Dejé de quererte, pero cada vez soy más consciente de que jamás podré dejar de recordarte.


El problema del ser humano, es que cuando se le intenta hacer pensar y razonar, se encierra en los conocimientos que han estado abiertos siempre para nosotros, y no se pregunta por qué muchas cosas han estado siempre con candado, bajo llave, para que nadie las sepa.

La mejor forma de abrirte, no es crear una llave o una cerradura, es crear una puerta y una conexión entre lo que quieres y deseas, en lo que sucede realmente dentro de ti y a tu alrededor, en el mundo, entre lo que evitas y no entiendes, y entre lo que no sabes ni siquiera si te gustaría saber. No somos egoístas por naturaleza, solo hipócritas por vagueza y por miedo a que se nos recrimine lo que está verdaderamente mal.



Sigo preguntándome si es más importante vigilar con el fuego, o hundirme en él con tal de no olvidar que mi corazón todavía es capaz de sentir algo realmente verdadero.


Mi corazón sigue teniendo hambre de ti, de tus recuerdos, de tu sonrisa, de todos esos momentos, de esa fogata que creabas en él con solo acercarte a mí, con solo sonreírme.

Sigue haciendo frío en mi corazón desde que te fuiste.
Y es que quizá, ya no hay quien vuelva a derretirlo como tú lo hacías, con esa inocencia y esa dulzura, con tanto deseo oculto, con tantas miradas como puñaladas...


Atentamente,

Queily.

Fragmentos

El frío me hiela las piernas, pero sobre todo el corazón. Pero con solo recordarte o aparecer, nublas mi corazón de calor y sentimiento. 
Eres como una reliquia de paz, como un conjunto de suspiros libres y atragantados, que por fin libres, gritan su pesar.
Das cariño a mi corazón, y me llenas de vida y de dulzura, contigo no hay maldad.


Me haces sentir a salvo, acogida, acompañada y entendida. Me das esperanza y no está manchada de ilusiones ni de sangre, y más bien, tampoco de pesares.

Me das esa chispa de fuego que ahuyenta los males y apacigua el dolor. Me haces sentir cómoda y libre, sin sujetar mis alas, y dejándolas volar.
Haces que mis cárceles interiores sean más amenas, y que mis tristezas se disuelvan un poco con una sola sonrisa, con una sola palabra.
Recubres mi corazón de flores, y no precisamente marchitas, y das calor a mi corazón, haciéndome temblar de sentimientos y emociones.
Apaciguas mi mente y ahuyentas un poco mis miedos. Haces que olvide la inseguridad y la incertidumbre de los momentos, y que me centre en ti, y en sentirte a mi lado.


Porque debemos ser respetadas con o sin depilar. Porque es nuestro cuerpo y son nuestras normas. Basta ya de cánones de falsos estereotipos y de normatividad. Tener vello no te hace menos femenina. Y que un chico se depile tampoco lo hace menos hombre, y que no lo haga no significa que sea menos higiénico, al igual que las mujeres.
Nuestras pieles son capas de seda cubiertas de cicatrices y rasguños, de pesares y melancolía, mientras que el vello es una especie de escudo, que no nos debiliten ni nos hagan callar. Es igual de bonito un cuerpo depilado que sin depilar.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Incrédula de mí, a veces resucito de entre los muertos sin rasguños visibles aunque latentes.

Mañana será mi día, percibo el silencio en tu mirada y el murmuro de las olas en tu corazón.

Quiero someterme a tus encantos, y si hace falta, sucumbir, e incluso empalidecer. Porque eres sabiduría e ilusión, y esperanza.

Pero sobre todo eres chispa, y enciendes mi corazón, haciéndome temblar, y evaporas las dudas y parte de los miedos, con tal dulzura.

Eres tranquilo, como la paz que respiro del mar, como los cantares somnolientos de tu corazón, y el susurro de la luna anhelando calor de estrellas y luces fugaces disipándose en la galaxia de tus ojos, en la laguna de tu alma, arrasando con todo.

Quiero que te escondas bajo mi piel y mi falso caparazón. Quiero sentir la vida derramándose en tu pecho. Quiero escuchar tus murmurios.

Quiero recitar poemas y contarnos historias, quiero ser tierna hasta que me explote el corazón.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Lazos de sangre

Y es que quererte, 
todavía,
a estas alturas,
se ha vuelto un precipicio,
quizá demasiado bonito y fugaz,
como para ser verdad.

No pedí recordarte de esta manera,
ni siquiera que te quedaras en mí,
que revolvieras mi mente,
incluso en sueños,
incluso después de irte,
yo solo pedí un poco de vida,
de emoción,
y me la diste,
y tanto.

Hasta que te fuiste,
y ya no recordé nada,
ya no supe volver,
ya no supe volver a encender el fuego,
ni a conservar el hielo,
ya solo supe derretirme en cada esquina,
tanto por fuera,
como por dentro.

Asemejándome a una vela que parpadea,
a una vela deshaciéndose, 
mientras arde y se hiela,
en el infinito campo del tiempo,
en la oscuridad de esas penumbras,
atrapada en esos cristales ardientes,
en esas bolas parecidas a las burbujas,
pero imposibles de romper,
imposible escapar.

A día de hoy,
encerrada en ti,
o quizá, habiendo encerrado tu recuerdo en mí,
hasta volverlo parte de mi ser,
de mi vida, 
y es más,
de mi tristeza,
y más triste aún,
de mi alegría al recordar que puedo sentir todavía,
antes de que una lágrima resbale por mi corazón,
recordándome que no he vuelto a sentir,
de esa manera,
tan viva,
tan arrogante,
tan tóxica,
tan loca,
y tan perdidamente enamorada.

Tan perdida, encontrándote siempre en todas partes,
incluso después de irte,
de apagarte en mi corazón,
sigues sin irte de mí,
de mi mente.

Queily.