jueves, 3 de diciembre de 2015

Toneladas de pecados

Me miro al espejo y solo veo recuerdos,
empaquetados en esta alma vacía,
traspuesta, olvidada,
quemada,
y hechizada por el cansancio,
por la dejadez de esos versos que dejaste,
junto conmigo,
justo antes de marcharte.

Hay bolas de cristal que presagian fogatas,
y esta vez,
quizá ya no en el corazón,
quizá ya no en esta mente moribunda,
sino en todo mi ser.

Hay alguien que me hace irradiar luz,
sin quemarme siquiera,
que me hace olvidar,
con tan solo unos versos,
que me hace ver el cobijo que esconde su corazón,
con tan solo mirarle.


Trato de escribirte,
desde la lejanía,
quizá para escucharte,
tan solo una vez más,
o para recordarme que jamás,
jamás volveré a verte y a escucharte,
de la misma forma,
tan tóxica,
tan viva, y sobre todo,
tan perdida.

Ya no llamaré tras estas bolas de cristal,
pidiéndoles un sorbo de lágrimas.
Ya no intoxicaré más estos labios,
con palabras dañinas y tóxicas,
tan siquiera creo que lo hago con amor,
con pérdida,
o con un mísero lamento.

Ya no volveré a gritarte en sueños,
a desearte, espero, con lágrimas en los ojos,
pero por más que quiera,
tu recuerdo no logra disolverse.


Estoy llena de pecados,
mi mente sueña con deseos perturbados,
en los que tú a veces estás,
y otras, tan solo me llevan hacia ti,
preguntándome cómo hubiera sido,
si fueran contigo. 

Ya no quiero soñarte,
no quiero soñarte más,
ni desearte,
ni anhelarte como quien busca la luna de noche,
como quien llora sobre el mar,
como quien deja que el frío le arrope o le desvista,
como quien deja que el sol le queme,
incluso en pleno verano.

Ya no quiero perderte,
ni volverte a tener en mi vida,
porque como dicen,
nadie te pertenece,
ya ni siquiera en tus recuerdos,
o en tus más macabros sueños,
dulces o insanos,
nadie forma parte de ti,
ni tampoco realmente de tu vida,
solo de una porción de tiempo,
de un suicidio del alma,
que consume tus últimos versos a la luna.

Vuélvete a tus pozos llenos de lujuria,
y aléjate,
aléjate de mí y de mi mente,
pero sobre todo,
huye de mi corazón,
ya no quiero sentirte,
ni echar de menos tus susurros,
ni siquiera tus sonrisas,
tus lágrimas o tus favores.

Déjame ser,
déjame perder,
ganar o sucumbir,
déjame volar,
o estrellarme,
pero deja que haga mi vida,
como nunca fui capaz,
deja que deje de querer,
que quiera hasta que me explote la vida,
o el corazón,
pero deja de apuñalar mi corazón con tantos momentos,
déjame cogerlos y guardarlos,
pero sin que vuelvan a sangrar...


Ya no me caben pecados en el alma,
que contigo todos ardieron,
y con tu ausencia,
se incrustaron en mi ser,
haciéndose y volviéndose persona.

Sé mi ser, bendito caballero de la oscuridad,
sé mi paz, honorable viento de la vida,
sé mi tiempo, querida bomba de cristal,
sé mi escudo, cuerpo resacoso y cicatrizante.


Estoy cansada de tanto pensar,
de tantos pesares ahogando mi alma,
de tanta vida pudriendo mi ser,
de la muerte asomándose en mis pesadillas,
arrebatándomelo todo,
recordándome que nada es estable,
y que por más que quiera,
los seres inestables permanecen bajo la presión del tiempo,
de su entorno,
y sobre todo,
de su humilde corazón,
y bajo la presión y el poder de su mente,
de ese mar de dudas y perturbaciones,
de esa cueva de verdades y mentiras hechas realidad.


Vete, 
vete lejos,
y llévate todos esos pecados,
o devuélvemelos en pedazos de corazón,
los que te llevaste,
y no consigo reconstruir,
ni crear,
ni tampoco recordar.


Hay partes de mí que por más que intente,
no consigo recobrar.
Perdí el sentido,
junto con la inocencia,
y ya no me quedan suspiros suficientes,
como para poder expresar tantos lamentos. 


Queily.

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