jueves, 21 de enero de 2016

Semblantes opuestos

Cabalgo bajo la luz, 

ya no distingo la lluvia.


Me sumerjo en la tempestad,
y hurgo en los pecados;
ya es tarde,
la noche pudrió,
yació,
y finalmente,
enloqueció.


Mi mente me perturba,
me acompaña a oscuras,en medio del negror,
me lleva de la mano,
y se duerme conmigo en la tumba.

Me trae cobijo en las mañanas,
y me lo arrebata justo antes de despertar.

Me escondo en esas cuevas erróneas,
llenas y sacudidas de sangre,
sosegadas, 
hirientes,
incluso;
malolientes.


Me despierto en la puesta de sol,
justo a tiempo de desparecer,
de padecer,
de amortiguar la caída,
y caer sin pensar.

Sin andenes,
sin trenes,
sin autobuses ni aviones,
sin barcos que socorran ni nos hundan,
y llenes de anclas que nos degüellan.


La nieve me apacigua,
llena mi alma de hielo,
de inhóspita ternura,
cubre mi corazón de perfilados cristales,
de agujas con espejismos.


Abstracta,
la muerte,
me sume a les mártires,
me mira,
y no osa hablarme.



Quise poner una vela con tu nombre,
y no fui capaz de encenderla,
por miedo a deshacerla,
a apagarla para siempre,
y decirte un adiós que mi mente no es capaz de acorralar.


Deseé resquebrajar tu corazón,
volverlo putrefacto,
eterno,
remediarlo,
sanarlo;
y como siempre,
no fui capaz.


Apagué las luces de mis ojos,
y te entregué la llave del sótano (mi corazón);
te otorgué mis silencios,
mis más temerosos auxilios,
mis perdones ingenuos,
mis lágrimas perforadoras,
afiladas,meramente cicatrizantes.


Me volví,
y al mirar atrás,
no supe distinguirte entre la niebla.


Las formas corpóreas,
dicen,
disuelven el poco rastro de alma que nos queda,
volviéndonos meros títeres,
sigilosas,
pausantes,
moribundas,
y siempre,
siempre;
aturdidamente sumises.


Queily.

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