lunes, 20 de junio de 2016

Tus ojos, mártires, 
como dos constelaciones, 
que parpadean junto con la eterna juventud de la luna. 
Me sumo en tu mirada y no hallo silencio. 
Escucho un sigiloso rumor desde lo más profundo de tu corazón; 
me paro, 
atenta, 
suspiro.

Te oigo, 
y dejo caer mi alma tras tu ventana de galaxias, 
y por sorpresa, entre miedo y curiosidad; 
descubro que tu rostro forma parte de un agujero negro 
que traspasa el tiempo y socorre todo ser a su estómago. 
Me atrapan tus estrellas, 
y esos meteoritos que fallecen bajo tus rocas. 
Arden; pero decido cogerlas y besarlas. 
Las suelto, y dejo que la oscuridad de tu rostro absorbente, 
junto con tus labios llenos de pecado, 
me absorban hasta el último gramo de pasión.

Y bajo tu lluvia, 
te abrazo. 
Te acaricio el pelo y aguardo, 
decido quedarme y besar ese hecho marchito 
y horriblemente ensangrentado, 
chamuscado. 
Lo beso con todas mis fuerzas y te entrego todo mi calor. 
Junto con la caída de la noche, 
veo tu corazón frío y helado,
rocoso y un pelín resacoso, 
colarse por mis venas, 
sangrar hasta mi bomba de detonación; 
y por último, 
encenderse.

Y a tientas, 
consigo notar tu frío calor, 
y trato de hacerte llegar esa explosión de fuego al paladar. 
Te beso la nariz, 
y fallezco en tu pecho, 
posando en él mi lastimado corazón, 
que por fin, 
abraza al tuyo.

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