Historias inventadas

...

Aquellas estrellas vislumbraban la horrenda realidad en su más profundo final, alcanzando así la vida llena de llamas creadas por el dolor. Y qué bello era observar las mariposas posadas en su piel, sin que estas supieran la toxicidad y el veneno que se escondía ante semejante ser, en el interior de sus ríos cubiertos de sangre, desplomando valor, valentía, en un paso a la perdición del vacío.

Dejó caer sus más temidos miedos, sus más temibles gotas de sangre, sus rastros de hielo, deslizándose por sus mejillas, helando su piel, cortando su corazón, pero sobre todo, ahogando su ser.

Levantó el brazo, y sin explicación alguna, sonrió. Se sonrió para sí, para sí mismo. A sus adentros. Cuán lúgubre alma debía hallarse en su interior, sonreírle a la muerte debe ser tan triste y bello a la vez, que sería imposible no desprender ningún rastro de emoción ni lástima. Dejó caer su sonrisa. La rompió. Se atrevió a abandonar todo aquello que creyó innecesario. Todo aquello que no merecía permanecer allí, que no le pertenecía, que no se había ganado con sus sudor. Todas esas cosas molestas e insignificantes que desbordaban su mente y su corazón, hundiéndolo en la miseria de una vida incierta en medio de la caída a la desesperación, de los sin sentido, de la pérdida de toda cordura.

Cerró los ojos, y tras unos segundos de apacible silencio, de mortífera soledad, se produjo algo mágico. De esa extraña forma que escondía su rostro, emanaba de pronto una luz latente, ciega, dejándote perplejo a todo movimiento.

De esas extrañas montañas con movimiento..surgió la luz, la vida, surgió el recóndito lugar donde se halla la felicidad: la paz de un ser que se deshace de todo aquello que no necesita, incluso su sonrisa, sus lágrimas, ¿y por qué?
Porque no existe nada que se quede a nuestro lado eternamente, o al menos no de la misma forma. Todo se transforma, no solo la energía que emana en este mundo, sino también la que esconde nuestro ser.

Fue ahí cuando entendió que hay cosas que debemos dejar ir, otras que debemos alejar, y otras a las que no nos podemos aferrar, pero que se convierten en algo mucho mejor, algo auténtico, algo con vida propia, luz propia, algo incapaz de volverse inerte totalmente: un ser vivo.



Heladuras de cristal...
Cuántas desgracias se apiadan de mí. Cuántos silencios desbocan mis versos, cuántos suspiros ahuyentan mis gentes, cuánto suplicio debo aguantar, para evitar la perdición. Para prevenir la cura, y con ello la herida.

Cuánta maldad augura mi día, mi vida, mi caer, mi sustento. No puedes fiarte siquiera de tus propios suspiros, que avientan miradas lejos de tu ser, alejados de la verdad. Cuánta amargura, posada en la sed de explorar, de sucumbir a un nuevo mundo, de no ceder, pero de caer hirviendo, y levantarte aún quemada.

Qué mortífero se está volviendo el hecho de vivir, aún con el poder de destrucción en tu interior, con tu armadura de cristal, y tus garras de acero. Los únicos aliados que tenemos, son aquellos que nosotros mismos creamos, que nosotros mismos dejamos que se acerquen a nosotros, aquellos a los que dejamos traspasar la barrera, romper esa armadura, y darles la oportunidad de hacerte trizas el corazón, pero ante todo, valentía, valor, y sobre todo, equilibrio.

Pum. Cristales rotos. Miradas vacías. Pasos hervidos en la maldad de un infierno sin cura. Corazones helados. Silencios latentes. Suspiros desgastados. Respiraciones aceleradas, a la espera de un por qué, de una calada de plenitud, de quietud, de estabilidad. Qué ingenuo ser se vuelve acero del día a la noche, qué despiadada vida se transforma en un paraíso, en un cuento, viniendo de un cuento de terror.

Desperté. Agarrada a mi almohada, pensando que todo eso tan solo había sido un sueño, hasta que vi esa foto, ese rostro dibujado en esa foto. Esa silueta, vieja, posada en una foto de hace 'décadas', quizá. Tan bella, fuerte, penetrante e inconstante como siempre. Era él. Sin duda, era él.

Me levanté dando un salto de la cama. Boquiabierta y aterrorizada por lo que pudiera suceder, por lo que hubiera sucedido ya sin estar yo presente, o consciente. Moví la cabeza, me volteé, y mis ojos se tornaron dos bolas de billar, quizá, de tan grandes que parecían. No podía creerlo.

Tragué saliva, me puse recta, y me acerqué con cuidado, procurando no hacer ruido, y haciendo que mis pasos fueran casi imperceptibles. Cerré los ojos tan fuerte como pude, volví a tragar saliva, y al fin, los abrí.

No podía ser. Estaba ahí. Increíblemente, estaba ahí... A unos pocos centímetros de mí. Tumbado, en el suelo. Me quedé de piedra. De repente mi corazón volcó. Sentí como si se desprendiera de mí. Como si me estuvieran ahorcando en ese preciso momento. No podía respirar, exhausta, cerca del desmayo, me desplomé en el suelo.


Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Once. Doce. Trece. Catorce.

Cuenta atrás: Catorce, trece, doce, once, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco...

¡BASTA!

....


En ese momento me sentía como en una de esas escenas en las películas, cuando el decorado es blanco, y tú parece que estés en la nada, pues así me sentía. Era como si me hubieran arrebatado cada parte de mí. Cada pieza, cada trozo, cada latido. Me sentía completa e irrevocablemente muerta. Como si no existiera. Como si solo pudiera ser capaz de ver esa imagen de él, y nada más. Y escuchar en mi cabeza esos horrorizantes números. Esa cuenta atrás, que nunca acababa, no cesaba... Era inconstante.

Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Once. Doce. Trece. Catorce.

...

Volví a abrir los ojos, y no podía creerlo. Estaba en una especie de bosque, rodeada de incansables árboles, de los silbidos de los pájaros, y del sonido siniestro de los cuervos. Todo estaba tan apagado, tan fuera de sí...
Me predispuse. Me levanté con cuidado, y caminé hasta llegar a una especie de círculo. Me adentré en él, sabiendo que si me sentía así de muerta, poco podía perder. En cuanto lo hice, algo se elevó. Miré a mis pies, y me percaté de que la superficie de hierba que cubría el círculo, se había elevado, junto conmigo. Miré a mi alrededor, y desconcertada, miré bajo la superficie en la que me hallaba.

Cuatro.
...

Cuatro corazones distintos.

¿Esto era real?

Con los ojos como platos, tragué saliva, y me senté, intentando mantener la calma. No se trataba de corazones de juguete, de dibujos, de piezas hechas a manos, u así... Se trataban de corazones de verdad.

Entonces escuché un fuerte sonido que venía del cielo, y al mirar, no supe cómo reaccionar, había una especie de ser extraño, elevándolo... A ese cuerpo, a él... Sin duda, esto no era un sueño, y él, estaba muerto.

Me miró ese ser, y me sonrío. Y inexplicablemente, sin saber cómo, pronunció las siguientes palabras:

-Si quieres que reviva, tienes que hallar cuáles de estos cuatro corazones es el suyo, y por supuesto, el tuyo. Si te equivocas, y no coges ninguno de los corazones correspondidos, tú morirás completamente, y él nunca revivirá. En cambio, si eliges solo uno de los corazones, aunque elijas el suyo, él morirá. Y tú, por supuesto, también. Si eliges solo el tuyo, serás torturada hasta morir. Y si eliges los dos... Entonces, los dos os salvaréis.

Y antes de que pudiera pronunciar alguna palabra, se esfumó.

Ahora el dilema estaba en cuál eran esos dos corazones. Uno era rojo, otro era negro, otro era turquesa, y por último, otro era azul.
Cada color tenía que significar algo. Así que decidí darle un significado a cada.
Azul: Luza. Turquesa: Aseuqrut. Negro: Orgen. Rojo: Ojor.
Al poner los nombres al revés, me dí cuenta de algo. Orgen, Luza y Ojor. Eran los colores favoritos de él y de mí. Pero lo importante es que Orgen y Ojor eran los nombres de nuestras mascotas. Sin pensarlo, y con todas las de perder, cogí el corazón rojo y negro. Y todo se desplomó. Caí al suelo, y me quedé inconsciente.

Al despertar, lo vi. Estaba muy mal herido, y yo también, pero todo era negro. Solo había una pequeña luz para poder verle a él. Entonces se despertó. Por un momento, de verdad le sentí cerca, vivo, por un momento, de verdad pensé que eso era real. Nos abrazamos tan fuerte como pudimos, y más sonrientes que nunca, se nos hizo imposible no dejar caer alguna que otra lágrima. Pero antes de que pudiéramos disfrutar de nuestra victoria, lo supe... No habíamos ganado. Había elegido los corazones equivocados. Lo supe al ver otra vez ese ser extraño en la oscuridad. El cual pronunció las últimas palabras:

-Lo siento, pero no lo has logrado. Solo le hemos dado la posibilidad de despedirse de ti. Y ahora, moriréis de la mejor forma. De la forma más eterna y bella que existe... Adiós.

Y se desvaneció entre la oscuridad.

Empezaron a caer bloques de nieve, y empezaba a hacer mucho mucho frío. Había llegado nuestra hora. Nos besamos, y abrazos, decidimos que como ya no podía ser peor, al menos moriríamos juntos, unidos. Sin nadie que nos volviera a separar...

Dejamos caer nuestros últimos versos..antes de quedar completamente congelados, por los incansables trozos de hielo que caían de la nada.

Y ahí lo supe...

No existe mayor eternidad, que la congelación de esta, que el sentir que has sido capaz de congelar un momento, un instante, el corazón de alguien, aunque sea por un momento.
Así que así es...
No existe mayor eternidad, que la propia congelación del alma, pero debo recordarte algo:
El hielo quema, por lo tanto... Si eres capaz de sentir frío u calor, recuérdate que estás vivo. Y que no solo estás respirando. Sino que eres capaz de sentir.

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