Poemas

Las épocas de frío retumban en mis oídos, los bostezos y suspiros de madrugada, el temblor de mi piel por el contacto del hielo y del viento. El calor y ardor de mi corazón y de mi pecho, deseando salir al exterior. 

La sonrisa de verano justo antes de morir en otoño. Las lágrimas de invierno, antes de disolverse con el pasado. 
Y los recuerdos, tanto los fríos como los ardientes, que oscurecen y opacan mi alma y la despiertan de dolor, y a veces, incluso, de esperanza.



Dicen que hay personas que nunca olvidas, que nunca mueren en una tumba, que mueren y viven dentro de ti y es imposible extirpar su recuerdo de tu corazón, o siquiera de tu mente. 

Mueren en ti para renacer en tus lágrimas, y también en tus sonrisas.



Los cristales de su corazón todavía siguen latiendo, mientras las luciérnagas iluminan su caparazón, rodeado de espinas.


La magia de un corazón jamás muere, tan solo se transforma.



Tiritas de porcelana... 

Y es que ya no me quedan sonrisas para tanto fingir,

se me han acabado las ventajas del ayer.

Solo quiero recordar tu rostro a centímetros del mío, rasgándome la piel con esa mirada desesperante. 
Quiero dejar de sangrar,
mi piel ya no aguanta más tiritas de porcelana, 
se ha cansado de las quebradizos recuerdos que dejaste bajo mi almohada, bajo mi corazón, bajo ese escudo, esa capa negra con la que me fundía en la oscuridad fingiendo ser une.



Echo de menos las constelaciones de tus ojos divagando por mi cuerpo, tus sonrisas clavándose en mi corazón, y esas miradas de complicidad llenas de deseo.


Todavía sigo viéndote en cada esquina, recordándote tras esas canciones, bajo esa lluvia de sentimientos, todavía recuerdo tus manías y tus sonrisas, tus lágrimas, tu sed de querer ponerle a todo un poquito más de color y alegría, tu sed de alegrar a casi cualquiera. 



Recuerdo todavía más esas noches llorándote, deseándote, perdiéndote en mis pesadillas y en mis sueños. 



Aún sigues en mi mente, y no logro explicar de qué nefasta manera logras quitarme la coraza incluso después de que ya no estés, con tu sola presencia en mi cabeza, y quizá aún un poco, en mi corazón.

Dejé de quererte, pero cada vez soy más consciente de que jamás podré dejar de recordarte.


El problema del ser humano, es que cuando se le intenta hacer pensar y razonar, se encierra en los conocimientos que han estado abiertos siempre para nosotros, y no se pregunta por qué muchas cosas han estado siempre con candado, bajo llave, para que nadie las sepa.


La mejor forma de abrirte, no es crear una llave o una cerradura, es crear una puerta y una conexión entre lo que quieres y deseas, en lo que sucede realmente dentro de ti y a tu alrededor, en el mundo, entre lo que evitas y no entiendes, y entre lo que no sabes ni siquiera si te gustaría saber. No somos egoístas por naturaleza, solo hipócritas por vagueza y por miedo a que se nos recrimine lo que está verdaderamente mal.





Sigo preguntándome si es más importante vigilar con el fuego, o hundirme en él con tal de no olvidar que mi corazón todavía es capaz de sentir algo realmente verdadero.



Mi corazón sigue teniendo hambre de ti, de tus recuerdos, de tu sonrisa, de todos esos momentos, de esa fogata que creabas en él con solo acercarte a mí, con solo sonreírme.

Sigue haciendo frío en mi corazón desde que te fuiste. 
Y es que quizá, ya no hay quien vuelva a derretirlo como tú lo hacías, con esa inocencia y esa dulzura, con tanto deseo oculto, con tantas miradas como puñaladas...



El frío me hiela las piernas, pero sobre todo el corazón. Pero con solo recordarte o aparecer, nublas mi corazón de calor y sentimiento. 

Eres como una reliquia de paz, como un conjunto de suspiros libres y atragantados, que por fin libres, gritan su pesar. 

Das cariño a mi corazón, y me llenas de vida y de dulzura, contigo no hay maldad.


Me haces sentir a salvo, acogida, acompañada y entendida. Me das esperanza y no está manchada de ilusiones ni de sangre, y más bien, tampoco de pesares.


Me das esa chispa de fuego que ahuyenta los males y apacigua el dolor. Me haces sentir cómoda y libre, sin sujetar mis alas, y dejándolas volar. 
Haces que mis cárceles interiores sean más amenas, y que mis tristezas se disuelvan un poco con una sola sonrisa, con una sola palabra. 
Recubres mi corazón de flores, y no precisamente marchitas, y das calor a mi corazón, haciéndome temblar de sentimientos y emociones.
Apaciguas mi mente y ahuyentas un poco mis miedos. Haces que olvide la inseguridad y la incertidumbre de los momentos, y que me centre en ti, y en sentirte a mi lado.


Incrédula de mí, a veces resucito de entre los muertos sin rasguños visibles aunque latentes.


Mañana será mi día, percibo el silencio en tu mirada y el murmuro de las olas en tu corazón.

Quiero someterme a tus encantos, y si hace falta, sucumbir, e incluso empalidecer. Porque eres sabiduría e ilusión, y esperanza.

Pero sobre todo eres chispa, y enciendes mi corazón, haciéndome temblar, y evaporas las dudas y parte de los miedos, con tal dulzura.

Eres tranquilo, como la paz que respiro del mar, como los cantares somnolientos de tu corazón, y el susurro de la luna anhelando calor de estrellas y luces fugaces disipándose en la galaxia de tus ojos, en la laguna de tu alma, arrasando con todo.

Quiero que te escondas bajo mi piel y mi falso caparazón. Quiero sentir la vida derramándose en tu pecho. Quiero escuchar tus murmurios.

Quiero recitar poemas y contarnos historias, quiero ser tierna hasta que me explote el corazón.


Lazos de sangre

Y es que quererte, 
todavía,
a estas alturas,
se ha vuelto un precipicio,
quizá demasiado bonito y fugaz,
como para ser verdad.

No pedí recordarte de esta manera,
ni siquiera que te quedaras en mí,
que revolvieras mi mente,
incluso en sueños,
incluso después de irte,
yo solo pedí un poco de vida,
de emoción,
y me la diste,
y tanto.

Hasta que te fuiste,
y ya no recordé nada,
ya no supe volver,
ya no supe volver a encender el fuego,
ni a conservar el hielo,
ya solo supe derretirme en cada esquina,
tanto por fuera,
como por dentro.

Asemejándome a una vela que parpadea,
a una vela deshaciéndose, 
mientras arde y se hiela,
en el infinito campo del tiempo,
en la oscuridad de esas penumbras,
atrapada en esos cristales ardientes,
en esas bolas parecidas a las burbujas,
pero imposibles de romper,
imposible escapar.

A día de hoy,
encerrada en ti,
o quizá, habiendo encerrado tu recuerdo en mí,
hasta volverlo parte de mi ser,
de mi vida, 
y es más,
de mi tristeza,
y más triste aún,
de mi alegría al recordar que puedo sentir todavía,
antes de que una lágrima resbale por mi corazón,
recordándome que no he vuelto a sentir,
de esa manera,
tan viva,
tan arrogante,
tan tóxica,
tan loca,
y tan perdidamente enamorada.

Tan perdida, encontrándote siempre en todas partes,
incluso después de irte,
de apagarte en mi corazón,
sigues sin irte de mí,
de mi mente.


Mi corazón se vuelve cristalino 
con tu presencia,
se ahoga en silencios, 
y arde en llamas.


Me gustaría atarme una cuerda al corazón,

y llorar y llorar.


Somos sobras inertes,

somos caprichos del mal.


Somos sangre,

somos sustancia,
somos muerte.


Somos olvido.

Somos tinieblas.


Somos espejos,

retratando basura
manchada de sangre,
de mentira.


Poemas al anochecer...

Eres mi escudo, mi mayor luz.
Viertes el veneno del pasado,
de mi corazón,
agujereas mi mente,
y perforas mis latidos,
pidiéndome perdón.

Y lo siento,
por tanto silencio en mis palabras,
tanto ruido en mi cabeza,
o tanto silencio en mis noches.


Tus latidos me piden piedad,
por un "perdón" 
que no fui capaz de pronunciar.

Sálvame de la oscuridad,
honorable luna de mi corazón.

Coarta la respiración,
y envuélveme en latidos.

Perdóname, silencio,
errante parlante de mi ser,
que sepulta mis carnes,
vacías, so muertas,
rebosantes de sangre y de dolor.

Adórame, viento,
hazme sentir el hedor de al niebla,
de tu piel,
de tu alma,
de tu humilde corazón.


Tinieblas de mi corazón,
cómo osáis invadir mis lagunas,
y hechizarme con sus encantos.

Honorable paraíso es tu voz,
son tus versos,
avivando mis tumultos,
y cosiendo el silencio de mis heridas.

Vuélame, y llévame lejos del ser,
hoy ya no deseo existir más,
hazme renacer en tus pecados y tus logros;
vuélvete efímere y valiente
como el fuego que incendiaste bajo mi caparazón.


Sigo esperando ese perdón de tu corazón,
porque tus labios ya no osan pronunciarme,
y tu mente rehuye de mis más sangrientas armas,
de mis recuerdos,
y sobre todo,
del agujero negro de mi laguna
que inviste mi cuerpo en infierno y en dudas,
y me vuelve ceniza,
polvorienta.

Endúlzame con tu cariño,
honorable viento de mis entrañas,
y hiela los augurios de mi castidad.

Solemne paz, solemne olvido,
y aquí me hallo yo,
entre cenizas, eternidad
y mágicos volcanes de oscuridad.

Sepultos abalanzándose sobre mí

Rodéame con tus hazañas,
con tus recuerdos,
húndeme en tus versos,
y muere conmigo en cada palabra.

Vuélvete viento y rózame en silencio,
recuérdame que estás aquí,
que no estoy sola.
Recuérdame que sigue habiendo magia en ti.

Quiero que sucumbas a la oscuridad de la luna,
y me arropes con su luz,
que pegues besos en mi corazón simulando tiritas,
y me susurres lo dulce que te parece el mundo,
y lo envenenado que está.

Quiero que muerdas mi anzuelo,
me cojas de la mano y decidas no morder la manzana,
que decidas compartir el dolor y el veneno,
y busques jeringuillas para les dos.

Y si me dejaras,
te abriría el corazón a mordiscos,
hasta dejarte sin habla,
hasta olvidar quién fuiste,
y darte cuenta de quién eres.

Ya no hay hojas de otoño que puedan decorar tu rostro en llamas,
o nublado por esas lágrimas de cristal,
y se han vuelto invisibles
y una fuente de vida casi imposible de medir.

Me duele en el alma no verte sonreír,
y siento ganas de arrancarte de un cuajo el corazón,
saborearlo,
y esculpir los pedazos rotos a besos.


Recuerdos agujereados...

Quise conservarte,
tenerte a mi lado, 
quise no perderte.

Quise abrazarte día sí y día también,
quise entrar de noche en tu corazón, y arroparme con tu piel.
Quise verte en mis ojos, y reflejada en los tuyos.

Quise soñarte de día, 
y revivirte de noche,
en mi cabeza,
anhelando tu piel,
tus miradas,
tu sonrisa,
tu gracia,
tu encanto, 
y desplomarme en tu cuerpo,
y volverme ceniza,
siendo soplada por tus dulces y cristalinos labios de aguja...

Quise marcarte con recuerdos, 
con sonrisas,
con lágrimas,
y recordarte bajo la máscara de la luna,
verte tras ese cristal,
y bajar la lluvia para avivar ese rostro triste,
rencoroso,
resacoso,
en busca de otro amor tóxico,
mientras yo,
mirándote,
me hundía en los encantos de tu alma,
y soñaba con dormir bajo esa tela de seda,
rompediza,
frágil,
que envuelve tu cuerpo,
y hacerla brillar,
iluminarla con mi voz y mi sonrisa,
y tocar tu corazón,
besarlo y abrazarlo,
hasta lograr despertarlo,
y no irme de su lado,
hasta haberlo quebrado con mis besos,
hasta no haberlo adormecido junto al mío,
para levantarse a la mañana siguiente ambos,
recordándonos,
incluso después de desaparecer,
incluso después de no vernos,
de marcharte,
de dejarme,
de perderte.

Incluso después de ser incapaz de sacarte de mi mente,
incluso después de agujerear tu recuerdo en mi corazón,
y de coserlo con tanta fuerza y profundidad, que todavía hoy,
soy incapaz de descoserlo,
de obviarlo,
de destruirlo,
de no añorarlo...
Mis ojos siguen bañándose en la oscuridad, mientras mi sangre desploma mi sonrisa, y la hace brillar por unos segundos. No hay mayor luz que la de un corazón latiendo en la oscuridad, tranquilo, y al mismo tiempo intranquilo, pero luchando y deshaciéndose gota a gota del vacío y martirio que colma su venenoso ser.





Explorar corazones es mucho más interesante que navegar océanos. O quizá no, ¿pero por qué no iba a probar ambas cosas? De sangre se alimenta el alma, como de sueños, emociones, sentimientos y descubrimientos se alimenta el corazón y la mente, a modo de espera a un pozo más fondo.



Oh, lúcidas sombras de la oscuridad, dejad de sepulatarme hacia un vacío sin regreso, y dadme alas para quebrar todos los males.


Sigue oscureciendo antes de tiempo, como si de verdad la noche fuera imposible de apagar, de apaciguar. Siempre despierta, incluso en el día, en el interior de esas almas y esos seres podridos.
Pero ya no hay sol que valga para tanta oscuridad. La lluvia se encargará de limpiar las huellas que dejó la melancolía.


Mi sombra ya no esculpe más que el deterioro de mi alma. 
Mis huellas clavadas en tu piel, me recordaban que era capaz de resucitar de entre los muertos. 
Y que si hay vida cuando esto acabe, quiero que cantes en mi tumba, y grites al verme, como lo hubieras hecho esta noche, de tanta súplica por verte y por amarte; y el jodido hecho de ya no saber cómo extrañarte, de ya no saber cómo quererte.

Y de morir en cada esquina; por el solo hecho de tenerte.



Quizá debí cuidar los sueños y el brillo de mis ojos, como debí cuidar el tiempo antes de incrustarse en mi corazón y despedazar cada uno de mis tumultos.





Me embriaga una sensación extraña, fallida, en que ni los sueños ni utopías son capaces de retratar mis más infernales deseos de vivir hasta quemarme. Antes de que el cielo nuble mi mente como lo hizo con mi alma y mi corazón. Antes de que el mundo despierte. Antes de que el tiempo avise; que como dicen, no es traidor. 
Y que si hay vida bajo los rostros, también la hay entre las tumbas.


Las rosas son símbolo de vida, al mismo tiempo que dan sentido a todas las muertes. 
Renacemos del dolor como de cada corazón, de cada alma, de cada agujero, de cada abismo. 
Somos espinas incansables, en busca de una rosa que sujete y aguarde sus gotas de sangre más tóxicas, su veneno más fúnebre. 
Y es así como se manifiesta la muerte; en forma de vida, de transición, para demostrarnos que no existe mayor fuerza y energía que la propia, y que cualquier mundo alternativo debería ser subestimado para nuestros adentros, porque quizá ya no queda nada. 
Quizá no somos nada y nos empeñamos tanto en serlo que nos hemos hecho creer que somos de tal forma, cuando no es así.


Somos cambiantes, y como tales, la vida y la muerte juegan nuestras cartas como si fuéramos el tiempo, para así ver quién sabe jugar mejor: si el corazón, la mayor bomba que existe, o el tiempo, el reloj más infernal.



Nunca pensé que te volverías la luna de mis días, la linterna de mis noches. La vela de mis penas, el fuego de mi corazón; y menos aún, el hielo de mis versos.



Tú, que tiemblas mis susurros, que inspiras mi mente, que quiebras mi corazón, y ahuyentas mi alma, tú, que me recuerdas que el olvido es pecado, y que no existen pecados donde hay perdón.

Tú, que me dices que sinceras son las sonrisas de la luna, mientras te digo que más lo son las del corazón, que mientras sangra, mientras llora, es capaz de agarrar cualquier luz, tan solo para marcar una sonrisa en un rostro.

Tú, esa niebla que traspasa mi vida, y la vuelve insulsa, pero que me recuerda una y otra vez, que la oscuridad es mi mayor escudo, mi mayor verdad.

Eres las garras del vacío que arraigan mi alma a la vida, eres esas gotas de sangre que colman mis ojos.

Gracias por enseñarme a destruir, a crear, y rehabilitar, y a desintoxicarme de tanto veneno hecho por esta sociedad.

Que si ser mujer es un pecado, ser une hombre no iba a ser una gloria; aprendamos a vivir con la guerra de nuestros corazones, y a decidir qué es más importante, una ley, un comentario, cientos de ellos, o la sangre que recorre nuestro cuerpo y avasalla nuestro corazón, recordándole que mil golpes no son suficientes para hacernos callar.

Tienes la magia de tu ser, úsala, da igual qué cuerpo vendas, qué cuerpo seas, tu cuerpo no eres tú, tu cuerpo es tú.

Quiébrame la mente, y no el alma, que ya ha llorado bastante por tu ausencia, por tus mentiras, y por tanto veneno que nos enseñan a crear desde ese hipócrita y falso "amor romántico".

Dejémonos de excusas, que más valen mil experiencias libres y sanadoras, agradables, mágicas, que una sola llena de veneno y toxicidad.

Deja volar tu alma, tu corazón, pero sobre todo, tu mente, deja a tu cerebro avasallar los corazones llenos de veneno, y recordarles que la cura está en une misme, y que el amor no es venenoso, si más no, las personas y sus ideas y pensamientos impuestos.

Crece, y deja crecer; antes de que coarten tus alas, recuérdate que dispones de la palabra, la mente, y de un corazón. Los ojos solo sirven para desmembrar y explorar el mundo, jamás una mente, y tampoco un corazón.



Tiritas en mi corazón

Puñaladas en mi cerebro,
tumbas de acero,
en mi corazón,
llenas de sangre,
de lamentos,
de cementerios somnolientos.

Bastan agujeros para acabar con tu vida,

pero jamás bastarán golpes ni rasguños,
ni asesinatos,
para acabar con tu ser,
con tu esencia,
con tu espléndido perfume.

Tu sangre huele a rosas,

tus labios saben a gloria,
a temor, a lagos plagados de llamas.

Saben a hielo ardiendo,

a tumultos en el alma,
y oscuros hallazgos en tus cristalinas lentes,
tan frágiles como el cristal,
tan secas como el desierto.

Ya no hay lágrimas para llorar,

ya solo quedan silencios que apreciar,
y palabras antiguas y viejas,
del pasado,
que saborear,
justo antes de olvidar quiénes somos.

Tu sonrisa me recuerda al mar,

es como un mar en el cielo,
es como bañarte,
sin mojarte,
como mojarte,
y permanecer sin una gota de agua en tu piel.

Algo así como vivir,

como respirar,
como hacer cosas,
y malgastar tu tiempo,
como aprovecharlo, a veces,
pero nunca vivir realmente,
nunca aprovechar realmente tu ser para crear una esencia duradera,
de ti, de tu perfume,
de tu sangre,
que yazca para siempre en tu corazón,
en tus tumbas y sepultos,
y permanezca en todas esas mentes,
que dejaron rasguños en tu corazón,
y que agrietaron tu alma y la echaron al vacío,
recordándote que una vez más: 
fallaste.

Y esta vez,

no hubo perdón, tan solo silencio...


Me alojo en tu alma,
mientras mi corazón tirita de miedo,
mientras mi rostro sonríe,
mientras las lágrimas bañan mis ojos.

Y es que ya no hay consuelo,

para esta sangre en mi piel,
para tantas garras clavadas en mí,
para tanto horror golpeando mi interior.

Me he quedado sin silencios,

o quizá es que solo necesito lograr silencio dentro de mí,
y soy incapaz de acallar todos esos deseos,
todas esas preguntas,
todo ese temor.

Sepultos a la oscuridad,

hechos de esos recuerdos,
de esos momentos,
que me dejaste con suspiros,
justo antes de largarte.

Ya no espero nada,

solo quiero creer en mí,
y llenar mi alma de paz,
dejar a un lado la lujuria,
el horror,
el miedo,
la tristeza,
y este pozo que me arranca de mi ser.

Porque,

como dije,
ya no hay espacio para mi corazón so muerto.

Pero haré que yazca en paz,

alrededor de tantos tumultos,
aunque quizá,
y solo quizá,
sea lo último que haga.


Días nublados en el corazón


Y caminas,
caminas y caminas,
y solo veo torcerse mi mirada,
romperse mi sonrisa,
cansarse mi corazón,
tiritar mi piel,
y quebrarse mi alma.

Sepultas mis ojos a lo lejos,

dejándome a riendas tu voz.

Me pides silencio,

y coses mis labios,
me pides besos,
y solo hay ruido en la calle.

Ya no hay espacio para los focos,

ya no hay color para el corazón.

La luz se ha vuelto veneno,

y la oscuridad se ha vuelto mi mejor caramelo.

Mi mejor escudo,

mi inagotable fuente de vida,
mi escondite, 
mi niebla, 
mi mejor arma,
mi mejor sonrisa;
y sobre todo,
mi mayor fuerza.


Siento la nieve recorrer mis venas,
siento el viento cortar mis pulmones,
siento tu voz robar mi respiración,
siento el silencio quebrar mi corazón.

La tinta de mis venas se torna oscura,
los ríos de mis ojos se desploman por estas montañas,
tan elevadas,
tan resacosas.

Mis labios se vuelven amargos,
mi mirada perdida,
se torna cenizas.

Volvamos a perdernos,
quiero que nos encontremos,
o que nos perdamos entre sí,
aún más,
todavía más,
tan solo para encontrarnos a cada une.

Me estoy cansando de tantos fuegos,
de tanta risa,
para tan poca vida,
para tanta monotonía.

Mis sueños me persiguen,
y se tornan veneno,
junto con tus versos,
ya en el pasado,
ya enterrados.

Procuro verte cada noche,
en la luna,
en las estrellas,
en el cielo,
en las miradas,
en los reflejos,
y ya solo veo negruras,
espécimenes que buscan corazones,
y quizá les de el mío,
ahora que ya no me quedan colores.

Te regalo estos escombros,
ya no los quiero,
no me sirven,
ya no siento,
ya no padezco,
solo observo.

Sé el color de mi pintura,
sé el arte de mis sueños,
sé la magia de mis venas,
la sangre de mi corazón,
los púlpitos de mi alma,
y las pulsaciones de este estropajo.

Y créeme,
ya no hay silencio,
que apague estas velas,
incrustadas en mí,
quemando cada rastro de mi ser,
y haciendo crecer nuevas huellas,
nuevos mundos,
nuevas ideas,
y muy a mi pesar,
los mismos sentimientos.

Necesito una ducha interior,
y lavarme y enjabonarme,
de todos los males.

Sacarme esta sangre,
que dejaron tus versos,
sacarme estos cuchillos,
que dejé por descuidos,
sacarme esta muerte,
que soñé sin pensarlo.


Suspírame,
arráncame,
e intenta no mirar atrás,
no girarte,
no moverte,
procura seguir,
sin descanso,
sin ataduras,
sin precipicios.

Salta a mi corazón,
húndete en él,
quémate,
regocíjate en mis entrañas,
peta mis venas,
y escóndete en mis susurros,
pausa mi voz,
y quiebra mis sentidos.

 Escápate de mí,
o húndete conmigo.

Coge los rasguños,
los destrozos,
y hazlos bonitos,
píntalos a tu gusto,
y pégalos en mi alma.

Y tu sonrisa,
sigue cayendo,
desde el más hermoso precipicio,
sigue saltando a la nada,
esperando explotar,
o encontrar algo.

Recorta mi sonrisa,
y destrózala,
sumérgete en mis labios,
o rómpelos,
qué más da,
ya no habrá más adióses,
ya no habrá más lloros,
los llantos quédatelos para ti.

Mójate con la lluvia,
y llora con mis recuerdos.

Mírame,
y pregúntate por qué,
mírate,
y pregúntate por qué no,
por qué lo hiciste,
o por qué no haberlo hecho.

Eres el rastro de tu sangre,
eres el horror de tus sueños,
eres la vida de tus muertos,
eres el fuego de tus monstruos.

Eres el pájaro que respira,
aún en jaulas,
más mortíferas que esta alma,
que aún recuerda tu nombre,
y no es capaz de arrancarlo,
de un pedazo,
y tirarlo al vacío,
porque de alguna forma,
siento que forma de mí.

Y al fin y al cabo,
¿para qué matar algo que aún sigue vivo?
Solo las imágenes físicas mueres,
las psicológicas permanecen siempre,
sujetas al alma,
pegadas al corazón,
y quebrando la piel,
mientras tu sonrisa cada vez se resiente más.

Rasguños del alma

Te veo,
te siento,
y no soy capaz de tenerte,
te susurro,
te escucho,
y no puedo tocarte.

Te veo,
y nada cambia.
Te observo, te escucho en la lejanía.
Me acerco, y tú te alejas más.

Te intento tocar con la mirada,
y me apartas con tu alma.

Ya no hay garras que valgan,
para tan tempestuoso corazón.
Necesito esa pérdida de la noción,
de la vida,
del tiempo,
y sobre todo,
de tu existencia.

Te veo,
y nada cambia.
Podría besarte,
podría acercarme,
pero ya nada sirve.

Todo esfuerzo es en vano,
y me alejo, 
me alejo cada vez más.
Con la mano en mis púlpitos,
con la mirada en el suelo.
Y con el corazón enterrado.

Escapo, y corro,
y corro, corro,
corro sin cesar,
sin espera, 
sin parar.

Y te veo, a lo lejos,
sin suspirar,
sin alarmarte,
tan indiferente como siempre,
tan lejane,
tan perdide.

Deseo llorar,
destripar mi alma,
y ya solo me sale observarte,
a lo lejos.
Te miro, y ya no te veo.

Ya solo te siento,
a lo lejos,
con el pecho en el alma.
Y con el corazón por los suelos.

Ya no hay besos que valgan,
ni fotografías que sanen,
ya ni siquiera tu recuerdo me sana.

Los silencios se han vuelto espinas,
las rosas se han vuelto vida,
y tu recuerdo,
el quererte,
se ha vuelto muerte.


Este calor desgasta mi piel,
provoca tumultos en mi corazón,
perfora mis sentidos,
y ahuyenta mis miedos,
mientras aumenta mi cansancio,
y evita mi reposo,
mientras más descanso,
parece que mi alma más se agota.

Mi corazón necesita de tu sangre,
de tus palabras,
de tus sonrisas,
y tú ya no estás para alimentarlo.

Mi corazón quizá,
y solo quizá,
está hambriento de sed,
y desea otra puñalada más,
tan solo para recordar ese sabor amargo,
y a veces un tanto agridulce,
que nos han dejado tus recuerdos,
y a veces, incluso, tú misme.


Muero de agonía,
por no tenerte,
por ya no poder buscarte,
por ya no saber dónde encontrarte.

Suspiro, entre temblores,
por miedo a repetirte,
o a jamás olvidarte.

Y si la sangre quema,
y si el hielo alivia,
dame un poco de tus palabras,
más afiladas que cualquier cuchillo,
más heladas que cualquier nevada.

Podría hablarte,
decirte,
callarte,
y sin embargo,
ya tan solo me digno a no esperarte.

Porque quizá,
después de tantos caminos perdidos,
aún sigo intentando,
recuperar y arreglar aquel que dejé destrozado,
mientras corría a buscarte,
sin mirar a ninguna parte,
sin pensar,
sin razonar,
y es que por eso;
ahora vivo más de sangre y suspiros,
que de sonrisas,
que de escapadas,
porque silencios, ya no me faltan.


Mi alma se propaga hasta el infinito campo de deseos de mi corazón,
se alimenta de incertidumbre, de rarezas, de antigüedades,
sepulta sus males a lo lejos.
dejando tan solo desesperación.

Grita y grita, grita, grita, grita.
Calla, que van a oírte,
no hables más que con los gestos.

Las palabras se han vuelto dañinas,
los mejores y más afilados cuchillos,
junto con los suspiros;
capaces de romper a cualquiera.

La presencia se ha vuelto nefasta,
mientras la ausencia es cada vez más notable.
Ya no hay viento que valga,
ya no hay aire que sienta,
las tormentas del cielo,
una vez más,
se quedaron estancadas en mi corazón.


Estoy cansada,
abatida,
traspuesta,
y no sé volar,
he perdido las alas,
en algún lugar,
dejé que fueran presas de mi caparazón.

Y a dónde fuiste,
dónde estás,
por qué lo hiciste,
ya no hay perdón.

Pudimos vernos,
tras bolas de cristal,
en infiernos candentes,
y en la posesión de un alma,
que por más que lo intento,
no logra despedirse.

Cicatrizo y vuelvo a herir,
hiero y vuelvo a herir,
corto, clavo, ahogo, callo,
gritos lo más alto posible,
y mis entrañas se exprimen,
de tanta putrefacción,
mi corazón late en silencio,
echa de menos tantos sobresaltos,
pero sobre todo,
sobre todo yo.

Echo de menos el viento,
el sentirme libre,
poderosa,
tener control sobre mí,
sobre mi vida.

O ahogarme,
en cavidades llenas de sangre,
que no quise derramar,
pero que con el tiempo,
fue imposible no verter.

Quisiera hacerme poseedora del veneno,
que dejaste en mi corazón,
del escudo que usaste con mi caparazón,
del arma que utilizaste para romper el muro,
para adentrarte al lago de lava,
y sumergirte en mis miedos,
pero jamás atreverte a ir más allá de las profundidades.

No llegaste a tocar fondo,
ni siquiera en mí,
entonces cómo ibas a arder,
si no hacías más que abatir tus brazos,
en busca de esas alas,
tan mías,
que arranqué de cuajo.


...

Cenizas marcadas en tu piel, 
por la inocencia y maldad de esa oscura alma, 
hundida en la miseria, 
en la nebladura de un corazón sin sombra, 
de un aroma sin olor, de un alma sin sustento, 
de una sonrisa sin curvas, de una daga perforando tus sentidos, 
asfixiando tu ser, pudriéndose en tu interior, 
abasteciendo todo rastro de vida, 
y devolviéndote al sueño que es la vida, 
a la pesadilla que creas o destruyes, 
a la pérdida de la conciencia, 
los sentimientos, 
la razón, la emoción, 
o al reto de la lucha, 
de la valentía, 
de la fuerza, 
de la superación. 

Levántate, 
desgarra esas sombras oscuras irrumpiendo en tu ser, 
inunda tus sentidos en esa antigua forma denominada corazón, 
con-razón; 
usa la razón, 
y salvarás tu corazón.


Susurros...

Estoy cansada de viejos escombros,
de matices sin sentido,
de palabras inconexas,
de heridas en el corazón.

Cansada de tanto sentir,
de tanto callar,
de gritar y gritar,
con nada más que el silencio,
como estúpida respuesta,
a esos llantos de sangre.

Abatida por el tiempo,
agotada de existir,
suplicando un por favor,
esperando un por venir,
rezando a la esperanza,
gritando para no perderme,
para no dejarme ni abandonarme,
agarrándome a la nada,
para mantenerme con vida.

Y qué respiraré,
y de qué viviré.

Y cómo sollozar,
cómo brincar,
cómo expresar,
olvidé ya cómo se hacía.

Olvidé tus sonrisas,
pero recuerdo cada momento,
cada puñalada,
cada vuelvo en mi corazón,
cada palabra, 
cada gesto.

Y te recuerdo,
y no te olvido,
y no te vas,
y no te quedas,
y ya nada tiene sentido,
porque sin mí, 
qué iba a hacer sin mí.

Si ni te tengo a ti,
ni me tengo a mí,
estoy perdida.
Perdida de tanto perderme,
de tanto obcecarme con una realidad ya ida.

Y cómo quemas,
cómo escueces, 
cómo desvaría mi mente,
con tan solo recordarte.

Mi corazón se desploma con tus recuerdos,
ya no sabría decir dónde acabaron,
dónde sigo,
y dónde seguiré.

Ya no sé a dónde te fuiste,
ni si volverás, 
ni si estuviste.

Solo sé que te fuiste,
de un cuajo,
de repente,
y sin un adiós de por medio.

Es curioso cómo tantos momentos,
pueden almacenarse en un corazón tan destrozado,
tan aparentemente diminuto.

Me resulta siniestro cómo llegué a querer,
y de qué forma,
y hasta qué punto...

Desplomé mi alma,
rasgué completamente mi corazón,
y te entregué todas mis fuerzas,
todas mis sonrisas.

Arranqué de un cuajo la esperanza,
y te la regalé.

Supe que la necesitarías,
supe que necesitabas a alguien,
una sola persona,
que no estuviera contigo por estar,
que no te viera como alguien popular,
alguien para quien fueras alguien especial,
alguien irrepetible,
irreemplazable,
alguien para que fueras la magia de la oscuridad. 

Y quizá es eso lo que más me apena,
que no supieras ver que yo te quería hasta el fondo de mi ser,
hasta lo más profundo de mi alma,
incluso hasta llegar a las penumbras de mi corazón,
y pasando por los tormentos de mi mente.

Y qué razón,
qué razón tuve al advertirme,
y qué inútil fui por no darme cuenta,
de que una vez más,
sigo traspuesta,
con el corazón en el pecho,
esperando que caiga en mi mano, 
y se pose en mi mirada,
entregándola a alguien,
un desconocido con una sonrisa bella,
para que lo pruebe a su antojo.

Eso haría si siguiera pensando así,
pero jamás volveré a probar el dulce, sin antes ver cuánto veneno llevo tras de mí.
Y lo siento, lo siento tanto.


Pero no se repetirá. 


Silencios que callan, que matan, y que arrastran

Hay silencios que arrancan más corazones, 
que cualquier palabra,
que cualquier golpe,
que cualquier puñalada.

Y quizá ya estoy harta de tanto coser,
de tanto forjar,
de tanto forzar,
de tanto luchar,
pero dije que no hay luz sin oscuridad,
como no hay oscuridad sin luz.

Dije que no hay tinieblas sin sol,
que no hay niebla sin viento,
que no hay aire sin corazón.

Que no hay cerebro sin mente,
que no hay mente sin vida,
que no hay muerte apagada,
que todo arde a nuestro alrededor,
incluso cuando no podemos verlo.

Y temo, temo sucumbir,
temo no sentir,
temo volverme de hielo,
o deshacerme de tanto fuego.

Y es que ya solo me queda la imaginación.
ya solo me queda la ficción.
el misterio,
lo nuevo,
lo efímero,
lo amargo,
lo agridulce,
lo pasajero,
y los sin sentidos.

Ya solo me quedo a mí misma,
ya solo tengo hilo para mí,
gasté demasiado tiempo en máscaras,
y quiero recuperar las cuerdas,
quiero romperlas,
quiero creer en el amor,
quiero creer en la amistad.

Y ya no sé cómo ni en qué creer,
si alguien no me aporta nada o lo suficiente,
si alguien ya no me busca nunca,
si alguien hace oídos sordos a mi ausencia,
yo pierdo mis ganas de seguir,
de seguir hablando a desconocidos,
de seguir forjando viejos mitos.

Ya no creo en el amor como tal,
solo en su sentimiento,
en su fuerza,
es tan solo un puente,
el amor es débil,
es débil si tú lo eres,
es fuerte si tú lo eres,
tú decides cómo es,
tú lo moldeas,
pero es libre,
es independiente,
es mágico,
es doloroso,
y también encantador.

Es efímero,
pero también es una clavija,
una clavija que no se despega de tu corazón,
y tampoco de tu mente.

Acaba pudriéndose en tu interior, pero jamás desparece,
solo que, es efímero porque,
como la "felicidad",
es algo que tú creas,
no existe como tal,
no hay una forma de amor,
hay miles,
hay millones de formas de amar,
pero solo una es la verdadera mente libre,
la mágica, la sanadora;
aquella que te hace ser mejor persona,
aquella que te hace reforzar tus ánimos,
que te hace tener más ganas de luchar,
de seguir, y que te da más felicidad,
pero no toda, que te aviva,
pero jamás del todo.

Que te apoya, pero tampoco jamás lo suficiente.

El amor no es más que un reforzador del alma,
para no entristecer y ennegrecer más la mente,
y para conservar el corazón,
antes de que desparezca.


El amor libre es aquel,
que por muy doloroso que pudiera resultar al principio,
es el más real, el más fuerte,
el más valiente;
aquel que refuerza tu vida,
tu esperanza,
y que aprieta bien fuerte tus músculos,
tus pasos, y tu sonrisa,
y te hace darte cuenta de que eres tú,
tú y solo tú,
quien los mueve.

Y es que une misme es quien debería,
únicamente, forjarse a sí misme.

Nadie nos forja,
nadie nos limita,
nadie puede hacerlo,
solo nosotros.
Nadie manda por encima de ti,
nadie tiene derecho a privarte de nada,
eres libre,
libre como tal,
eres libre en tus prisiones, porque tú las creas,
y tú decides si deshacerlas, y cómo.

Eres libre en tus celdas,
en tus escondites,
en tu cárcel,
si tú te dejas serlo.

Vuela,
vuela,
vuela pajarito,
vuela sin pensar,
sin retroceder,
sin meditar,
vuelva y vuelva,
despliega tus alas,
y recuerda:
amamos para compartir,
queremos para experimentar,
para sentir,
para crecer,
para aprender,
jamás para lastimar,
ni siquiera retroceder.

No hay martirio,
sin arma.

No hay arma, sin fuerza.

Por muchas armas físicas que existan,
lo único que demuestran,
son debilidad.

Usa tu mejor arma:
el corazón,
la valentía,
la libertad,
que tú misme forjas.

Usa tus habilidades,
tus debilidades,
tus fortalezas,
tus lastres,
tu cerebro, tu mente,
para soportar cualquier martirio,
cualquier tormenta,
cualquier muerte,
pero sobre todo;
cualquier lucha.


Roturas irreparables


Y qué seré yo,

en comparación contigo,

fuerte ser del errante mundo,

divulgando sus sentidos, 

sus pensamientos,

mientras quema y dibuja, 

sus más míseras cicatrices,

aunque algunas,

sean señal del heroísmo,

que esconden esas almas,

tan muertas, tan inestables,

balanceándose entre la luz,
y la oscuridad,
y preguntándose,
muy a su pesar,
si de algo sirve conservar,
algo que sabes que cambiará.
que desaparecerá,
o que por otra parte,
cesará.


Clavijas


Clavijas en mi corazón,

penumbras a mi alrededor,

agujas en la posesión,

de un alma rota,

desangrada,

destrozada,

frustrada,

agonizando,

con la vista al suelo,

los ojos como bolas de cristal,

tan frágiles,

tan opacos,

tan oscuros,
tan carcomidos,
por las penurias,
que corroen sus venas,
hasta su más lastimoso fin.


Rastros de ti

Dejaste tus huellas en mi sangre,
recordándome tu huida,
el hecho de que no volverás,
de que te fuiste,
para no volver,
endulzando tus palabras,
como si de dulces y azúcar,
se trataran.
No eres más que esa aguja,
que quedó en mi piel,
estancada,
sin poder salir,
huir,
gritar,
sollozar,
tan solo hervirse de ira,
tan solo hacerse polvo,
junto con mis sentidos,
mi piel,
mi corazón,
mi ser,
dejándome agonizar,
tras decadentes almas,
caídas al vacío,
al abismo de un pozo inalcanzable.
Te volviste mi espina, 
te volviste mi escudo.

Y qué decir,
ahora que no te tengo,
que me faltas,
que me lloras,
que me quemas,
haces que cada lágrima,

cada paso,
resulte un suplicio.



Recordarte,

como la muerte,

el hedor de tu piel,

el frío de tus labios,

el fuego de tu corazón,

el hielo de tus púlpitos.


Espesas garras de acero,
soltad mi alma,

castigad el suplicio de esta vida,

ya muerta,

ya ida,

ya sucumbida al dolor,

a la penuria,

a la miseria,

de un laberinto candente,

de un alma traspuesta,

de unos ojos ya helados,

de un corazón de piedra,

vuelto fuego en su interior,

lapidando cicatrices,
y tantos otros corazones,
en busca de vida,
donde tan solo queda muerte,
donde no hay más que escombros,
que cenizas,
de esos mártires,
de esos moribundos rastros de luz,
procedentes del abismo.


...


Cenizas marcadas en tu piel, 
por la inocencia y maldad de esa oscura alma, 
hundida en la miseria, 
en la nebladura de un corazón sin sombra, 
de un aroma sin olor, 
de un alma sin sustento, 
de una sonrisa sin curvas, 
de una daga perforando tus sentidos, 
asfixiando tu ser, 
pudriéndose en tu interior, 
abasteciendo todo rastro de vida, 
y devolviéndote al sueño que es la vida, 
a la pesadilla que creas o destruyes, 
a la pérdida de la conciencia, 
los sentimientos, 
la razón, la emoción,
o al reto de la lucha, 
de la valentía, 
de la fuerza, 
de la superación. 
Levántate,
desgarra esas sombras oscuras irrumpiendo en tu ser, 
inunda tus sentidos en esa antigua forma denominada corazón, 
con-razón; usa la razón, 
y salvarás tu corazón.



...



Somos espinas, 

caídas del vacío,

rotas por el mal, 

somos rostros,

latidos muertos,

somos aire,

en la oscuridad,

somos luz,

somos luna,

en mitad,
de la honestidad,
de un corazón,
sin vida.

¿Qué sucede?
¿Se apagó mi corazón?
¿Creció un volcán en mi interior?
¿Morí en mitad de la vida?

Hice ruido del silencio
dejando caer cualquier rastro,
de mi existencia,
ya ida,
latida,
y demasiado dolida.


Soy niebla,
soy escombro,
soy pecado,
en un mismo sin sentir,
soy la nada,
en el todo,
soy la llama,
que luchando,
con sudor y sangre,
se apaga ante la lava,
de un volcán,
demasiado erupcionado,
y al punto de la muerte,
y sin embargo,
manteniéndose,
con vida,
con latidos perdidos,

en la nada del inframundo,
perdido junto con su alma,

junto con su ser.



Escarchas,

sin motivos,

sin luces,

sin vida,

apresurándose,

a sentir,

constantemente,

los púlpitos,

mortíferos,

de un alma,
que solloza,
día tras día,
al alba,
en la noche,
en la penumbra,
de un corazón ido,
muerto y descompuesto,
robando corazones,
cicatrizando las heridas,
hechas ya polvo,
de tantos golpes,
desmesurados,
como la misma vida,
esperando la nada,
en mitad de la noche.

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